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domingo, 9 de julio de 2017

El Pensamiento Anti-democrático de Erik, Ritter Von Kuehnelt Leddihn y del Barón Giulio Cesare Evola
Por Alexander Jacob, Ph.D.
Tomado de: http://traditionalbritain.org/journal/the-anti-democratic-thought-of-erik-ritter-von-kuehnelt-leddihn-and-barone-giulio-cesare-evola/
Traducido del inglés por Roberto Hope


Parte segunda – Barón Giulio Cesare Evola

Los principios políticos del noble siciliano Julius Evola (1898-1974) han Estado algo eclipsados por su interés “tradicionalista” en sistems esotéricos tales como el hermeticismo, el zen budismo, y el yoga. La gente tiene la idea general de que él simpatizaba tanto con el movimiento fascista italiano como con el nacional-socialista alemán, pero una lectura más cuidadosa de sus últimas obras, en especial su principal obra política Los Hombres y las Ruinas (cuya versión inglesa fue traducida del italiano por Guido Stucco y publicada por Inner Traditions, Rochester, Vermont en 2002) revelará que estaba más cercan a la ideología fascista, en especial de la manera como era representada por el filósofo Giovanni Gentile, que de los pensadores racistas del Reich Nacional Socialista como Alfred Rosenberg y Walther Darré.

Más contundentemente que Kuehnelt-Leddin, Evola identifica a la burguesía como la fuente de los problemas del mundo moderno ya que es la principal representante de las doctrinas del liberalismo basadas en la primacía del individuo. El liberalismo es una filosofía materialista y utilitaria en cuanto a que toma en consideración sólo las necesidades materiales de los individuos que constituyen la sociedad. Sus fingidas campañas de libertad son contradecidas por el hecho de que el capitalismo explotador es una consecuencia natural del materialismo burgués.

El punto de inflexión fue el surgimiento de una concepción de la vida que,en vez de mantener las necesidades humanas dentro de los límites naturales a la luz de lo que es verdaderamente digno de esforzarse por procurar, adoptó como su ideal más alto un incremento y multiplicación artificial de las necesidades humanas y de los medios necesarios para satisfacerlas, en total desconsideración de la creciente esclavitud que esto inexorablemente habría de constituir para el individuo y la colectividad entera.

El individualismo fomentado por el liberalismo da como resultado una atomización y fragmentación de la sociedad a la que luego se le oponen formas de totalitarismo que son igualmente inadecuadas porque sólo le interesan las cuestiones meramente cuantitativas y económicas. El totalitarismo es, según Evola, un orden impuesto desde arriba sobre una masa informe. Marx estaba en lo correcto al atacar las burguesías pero erró seriamente al forzar al proletariado a servir de piedra angular de una sociedad utópica que está caracterizada por una estéril uniformidad.

El totalitarismo, con el fin de imponerse, forza la uniformidad. En último análisis, el totalitarismo descansa y se apoya en el mundo inorgánico de la cantidad, a lo cual ha llevado la desintegración individualista, y no en el mundo de la calidad y la personalidad.

De esa forma el totalitarismo destruye todo vestigio de desarrollo orgánico que los Estados burgueses anteriores pudieran haber retenido de su pasado aristócrata.

El totalitarismo, aunque reacciona contra el individualismo y el atomismo social, acarrea una terminación final de la devastación de lo que pudiera sobrevivir en una sociedad de su fase orgánica anterior: calidad, formas articuladas, castas y clases, los valores de personalidad libertad verdadera, osada y responsable iniciativa, y hechos heróicos.”

La exaltación del “trabajador” en los sistemas socialistas y colectivistas es también la universalización de la naturaleza esencialmente servil del pensamiento económico liberal. La solución de los problemas inherentes a todo ordenamiento burgués de la sociedad consiste en el desarrollo de la personalidad en lugar del individualismo entre la gente. Entre las naciones debe alentarse también la autarquía en lugar del internacionalismo del gobierno mundial.

Es mejor renunciar a la fascinación con el mejoramiento de las condiciones sociales y económicas y adoptar un régimen de austeridad, que esclavizarse a los intereses extranjeros o dejarse atrapar en procesos mundiales de imprudente hegemonía económica y productividad, que están destinados a barrer con aquéllos que los han puesto en marcha.

El control necesario de la economía sólo puede ser emprendido por el Estado. Los conflictos de clases en los que se enfocaba Marx deben corregirse por un sistema corporativo o un sistema de estamentos como el de la Edad Media.

El espíritu fundamental del corporativismo era el de una comunidad de trabajo y de solidaridad productiva, basado en los principios de competencia, cualificación y jerarquía natural, con un sistema general caracterizado por un estilo de impersonalidad, abnegación y dignidad activas.
De importancia fundamental en el sistema corporativo de la historia europea anterior es el hecho de que:

La usura de los activos líquidos “— el equivalente de lo que ahora es el empleo financiero y bancario del capital — era considerado como negocio de los judíos, alejado de lo que afectaría al sistema entero.”

En otras palabras, la usura judía, si era utilizada por los Estados, siempre era considerada como una peculiaridad de los marginados de la sociedad europea.

La solución de Evola para la injusticia social del capitalismo se enfoca en la eliminación de los parasitados capitalistas y la desproletización de los trabajadores.

Las condiciones básicas para la restauración de las condiciones normales son, por una parte, la desproletización del trabajador y por la otra la eliminación del peor tipo de capitalista,que es un receptor parasítico de ganancias y dividendos y que permanece alejado del proceso de producción.

A diferencia de Marx, que buscó convertir al proletariado en dueños y directores de compañías, Evola sostiene que la correcta erradicación de los males del capitalismo debe comenzar con el acotamiento por el Estado de la rampante motivación de lucro de las compañías y de sus directores. Todas las compañías deben por lo tanto ser en general responsables ante el Estado. Todos los asuntos económicos deben ser tratados por la cámara baja de los parlamentos, en tanto que la cámara alta debe ser la sola representante de la vida política de la nación. Éste cuerpo no puede ser uno electo sino debe ser designado — de por vida.

De hecho, esta cámara alta debe actuar como lo que Evola llama la elite gobernante u “Orden” de una nación. Le gustaría ver el núcleo de este Orden constituido por miembros de las antiguas aristocracias que siguen en pie... que son valiosos no sólo por el nombre que llevan, sino también por quiénes son, debido a su personalidad.” Auxiliando a este núcleo habría una clase de guerreros, que naturalmente no son lo mismo que soldados que son meramente empleados militares a paga. Los guerreros están gobernados por conceptos de honor y de lealtad a la nación, como recientemente se encontraba en los rangos militares prusianos, y la estricta subordinación de la clase mercantil a esta clase guerrera es una característica esencial de la doctrina política de Evola.
Pues el Estado es de hecho un fenómeno socio-político masculino en contraste con la sociedad, que es principalmente femenina. El Estado está formado por Männerbunde, o elites gobernantes masculinas:

Está definido a través de valores jerárquicos, heróicos, anti-hedonistas, y en cierto grado, hasta anti-eudemonistas que la separa del orden de la vida naturalista y vegetativa.
La razón de la posición exclusiva de los hombres para gobernar un Estado es:
Toda verdadera unidad política aparece como la materialización de una idea y de un poder, distinguiéndose de esa manera de toda forma de asociación naturalista o de “derecho natural”, y también de toda agregación societaria determinada por meros factores sociales, económicos, biológicos, utilitarios o eudemonísticos.

Este poder es en su origen sagrado, como lo era por ejemplo el concepto de imperium en el Imperio Romano, pues él expresa un orden trascendente, concepto que será familiar a los estudiosos del filósofo fascista Giovanni Gentile.

La democracia y el socialismo señalan un desvío peligroso, de la regla del Estado masculino a la de la sociedad femenina y del demos. Un Estado no es una 'nación' tampoco, ya que una nación es típicamente una tierra materna aun si en ocasiones se le llama patria en algunos países. Los romanos, los francos, al igual que los árabes que esparcieron el Islam, todos ellos estaban constituidos por Männerbunde en un principio, y sólo cuando degeneraron en democracias se hicieron 'naciones'

Ya que toda revolución conservadora necesita restaurar la primacía del ethos del guerrero, debe comenzar por oponerse al mercantil de la burguesía.

Esto también requeriría la formación de una nueva elite u Orden.

La tarea esencial que hay por delante exige formular una doctrina adecuada, sosteniendo  principios que han sido concienzudamente estudiados, y, partiendo de ellos dar vida a un Orden. Esta élite, diferenciándose en un plano que está definido en términos de virilidad espiritual, firmeza e impersonalidad, y en el cual toda vinculación naturalista pierda su poder y valor, será el portador de un nuevo principio de más alta autoridad y soberanía, será capaz de denunciar la subversión y la demagogia en cualquier forma en que aparezcan, y reversar el espiral de los cuadros de nivel más alto y la irresistible ascensión al poder de las masas. De esta élite, cual si fuera de una semilla, habrán de surgir un organismo político y una nación integrada, gozando de la misma dignidad de las naciones creadas por la gran tradición política europea. Cualquier cosa menos que esto no pasa de ser un embrollo, diletantismo, irrealismo, y oblicuidad.

Pasando por alto las normas de un Estado socialista, el Estado conservador orgánico debe ser uno 'heróico' que no se base en el núcleo familiar sino en el Männerbunde para producir los conductores del Estado. Estos hombres deben hasta abjurar de una vida de familia por una vida dedicada a la tarea de gobernar:

En lo que toca a un movimiento revolucionario-conservador, hay una necesidad de hombres que estén libres de estos sentimientos burgueses. Estos hombres, al adoptar una actitud de entrega militante y absoluta, deben estar prestos para todo y casi sentir que formar una familia es una 'traición', estos hombres deben vivir sine impedimentis, sin ataduras o límites a su libertad. En el pasado, existieron órdenes seculares en las que el celibato era la regla... la idea de una sociedad de guerreros” obviamente no puede ser el ideal petit bourgeois y provinciano de “hogar e hijos”; por el contrario, creo que en el campo personal debe reconocerse el derecho a un grado amplio de libertad sexual para estos hombres, contra el moralismo, el conformismo social y el heroísmo en pantuflas

El Estado orgánico conservador estará basado no en individuos sino en personas, cuya raison d'etre sea su personalidad y su más alto desarrollo. Esta realización de la personalidad de un individuo es equivalente a su libertad. La persona ”libre” está de hecho libre de las demandas de su naturaleza inferior y exige un completo auto-dominio. La persona más altamente desarrollada o diferenciada es la persona absoluta o conductor: La “persona absoluta” es obviamente, lo opuesto al individuo.

La unidad atómica, incualificada, socializada o estandarizada que corresponde al individuo está opuesta en la 'persona absoluta' por la real síntesis de las posibilidades fundamentales y por el completo control de los poderes inherentes en la idea de hombre (en el caso limitante), o de un hombre de una raza determinada (en un campo relativo, especializado, e histórico): o sea por una extrema individuación que corresponda a una des-individualización y a una cierta universalización de conceptos que corresponda a ella. Así pues, esta es la disposición requerida para materializar la autoridad pura, asumir el símbolo y el poder de la soberanía, o la forma de lo alto, específicamente el imperium.

A diferencia de Kuehnelt-Leddhin, quien defiende la monarquía hereditaria, Evola parece favorecer una dictadura iluminada o un dictador que pertenezca a un nuevo orden aristocrático de hombres.

El Estado formado por esta élite no sólo será orgánico sino también jerárquico y basado firmemente en el principio de autoridad. De hecho, este principio es el núcleo de todo Estado orgánico, que debe necesariamente crecer de un centro definido.

Un Estado es orgánico cuando tiene un centro, y este centro es un ideal que da forma a los diversos campos de la vida de una manera eficaz; es orgánico cuando desconoce la división y la autonomización de lo particular y cuando, en virtud de un sistema de participación jerárquica, toda parte dentro de su autonomía relativa desempeña su propia función y disfruta de una conexión íntima con el entero. En un Estado orgánico podemos hablar de un entero — específicamente, algo integral y espiritualmente unitario que se articula y se desenvuelve — más que una suma de elementos dentro de un agregado, caracterizado por un desordenado choque de intereses. Los Estados que se desarrollaron en las áreas geográficas de las grandes civilizaciones (hayan ellos sido imperios, monarquías, repúblicas aristocráticas o ciudades-Estado) en su cúspide fueron, casi sin excepción, de este tipo. Una idea central, un símbolo de la soberanía, un principio de autoridad positivo fue su fundamento y la fuerza que los animaba”

La base de toda autoridad es en sí misma una cualidad trascendente, como Gentile también insistía.

A la inversa, la perspectiva orgánica presupone algo 'trascendente' o 'de lo alto' como base de autoridad y comando, sin la cual no habría conecciones inmateriales y sustanciales de las partes con el centro; no habría un orden interno de libertades particulares; no habría la inmanencia de una ley general que guíe y sustente a la gente sin coercionarla; ni una disposición supra-individual de lo particular, sin la cual toda descentralización y articulación eventualmente impondría un peligro para la unidad del sistema entero.

Sólo un Estado orgánico puede absorber todas las múltiples diferencias y conflictos que pudieran existir dentro de un Estado.

Aun los contrastes y las antítesis tenían su parte en la economía del todo; pues no tenían el carácter de partes desordenadas, no cuestionaban la unidad sobre-ordenada del organismo, sino más bien actuaban como un factor dinámico y vivificante. Aun la 'oposición' del inicial sistema parlamentario inglés podía reflejar un significado similar (se llamaba 'la más leal oposición de Su Majestad'), aunque desapareció en el posterior régimen parlamentario regido por partidos.

El nacionalismo también debe ser evitado si es del tipo popular y no uno basado en el concepto de una nación espiritual:

En el primer caso, el nacionalismo tiene una función de aplanamiento y anti-aristocrática; es como el preludio para un aplanamiento más amplio, cuyo denominador común ya deja de ser la nación, sino más bien internacional. En el segundo caso, la idea de la nación puede servir de fundamento para una nueva restauración y una importante primera reacción contra la disolución internacionalista; sostiene el principio de la diferenciación que todavía necesita llevarse a término más adelante hacia una articulación y jerarquía entre cada pueblo individual.

Su visión de una Europa regenerada no es una de un imperio orgánico, sagrado, o imperium, centrado no en los 'conceptos de patria y nación (o grupo étnico)' que 'pertenecen a un plano naturalista o 'físico'' sino en 'un sentimiento de un orden más elevado, cualitativamente muy diferente del sentimiento nacionalista enraizado en otros estratos del ser humano.'

El esquema de un imperio en un sentido verdadero y orgánico (que debe distinguirse claramente de todo imperialismo, fenómeno que debe ser considerado como una deplorable extensión del nacionalismo) estuvo anteriormente demostrado en el mundo medieval europeo, que salvaguardaba los principios tanto de unidad como de multiplicidad. En este mundo, los Estados individuales tienen el carácter de unidades orgánicas parciales, gravitando alrededor de un unum quod non est pars (un uno que no es parte, para usar la expresión de Dante) — específicamente, un principio de unidad, autoridad y soberanía de una naturaleza diferente de aquélla que es propia de cada Estado particular. Pero el principio del imperio puede tener tal dignidad solamente trascendiendo la esfera política en un sentido estricto, fundándose y legitimándose con una idea, una tradición y un poder que también es espiritual.

Los principales obstáculos para la formación de una nueva Europa son la hegemonía cultural norteamericana, el yugo del gobierno democrático, y “la profunda crisis del principio de autoridad y la idea del Estado”. Pero aun cuando la tarea de unificar Europa pudiera ser una formidable, debe ser intentada, con la planeación y organización emprendida de arriba a abajo, por las nuevas 'Órdenes' élite de las diversas naciones que la constituyen.

En lo referente a los fundamentos religiosos de un Estado o Imperio, Evola es notablemente pesimista en su estimación del poder del Catolicismo para proveerlos, ya que lo considera excesivamente comprometido ahora con un camino democrático liberal que lo ha privado de su fuerza política tradicional. De hecho, considera al movimiento anti-gibelino o güelfo de la Edad Media como la propia fuente de la secularización del Estado moderno. Por consiguiente, sería mejor:

seguir un camino autónomo, abandonando a la Iglesia a su suerte, considerando su real incapacidad de dar una consagración oficial a una Derecha verdadera, grandiosa, tradicional y super-tradicional.

A pesar de su insensible tratamiento de la Iglesia Católica y de su potencial como base religiosa para un Estado conservador, Evola sí examina en mayor detalle los efectos subversivos de otra secta internacional, el Judaísmo, cuyas ambiciones políticas fueron expuestas en los llamados Protocolos de los Sabios de Sión (1903) los cuales, aun cuando no estén basados en hechos, sí representan una descripción de los objetivos totalitarios de los judíos. Como lo explica Evola:

El único punto importante y esencial es el siguiente: este escrito es parte de una colección de textos que de diferentes formas (mayor o menormente fantásticas y hasta de ficción) han expresado el sentimiento de que el desorden de los tiempos recientes no es accidental, ya que corresponde a un plan, cuyas fases e instrumentos fundamentales están descritos con exactitud en los Protocolos.

El principal mal que ha causado el designio de la judería internacional es su total economización de la vida moderna.

La economización de la vida, especialmente en el contexto de una industria que se desarrolla a expensas de la agricultura, y una riqueza que está concentrada en forma de capital líquido y finanzas, procede de un designio secreto. La falange de los 'economistas' modernos siguió este designio, igual como lo siguen aquéllos que difunden una literatura pervertida, atacan los valores éticos y se mofan de todo principio de autoridad.

No sólo el marxismo fue un instrumento útil de los judíos, sino también aquellas doctrinas biológicas y filosóficas que impulsaron el ateísmo, como lo fueron la biología evolucionaria de Darwin y el nihilismo de Nietsche. Los judíos además utilizan diversas tácticas de subversión, teniendo recurso a doctrinas falsificadas del llamado “tradicionalismo” y “neo-espiritualismo”
El contenido de este “tradicionalismo” consiste en hábitos, rutinas, residuos que subsisten y vestigios de lo que antes era, sin una real comprensión del mundo espiritual ni de lo que en ello no es meramente factual sino tiene un carácter de valor perenne.

Los efectos de estos varios movimientos subversivos sobre el individuo son:

Despojar a la personalidad humana de su soporte espiritual y de los valores tradicionales, sabiendo que cuando esto se logra, no es difícil convertir al hombre en un instrumento pasivo de las fuerzas e influencias directas del frente secreto

La manera más eficaz de combatir la subversión del judaísmo internacional o sionismo requiere que los nuevos guerreros aprendan a operar en un plano metafísico, manteniendo una 'lealtad incondicional a una idea' ya que ésa es la 'única protección posible contra la guerra oculta; en la que tal lealtad se queda corta y en la que se obedecen los objetivos contingentes de la 'política real', el frente de resistencia ya está minado,' como lo previene a aquéllos que deseen emprender una revolución conservadora o contra-revolución.

Ningún luchador o caudillo en el frente de la contra-subversión y de la Tradición puede ser considerado maduro y preparado para la tarea si no antes desarrolla la facultad de percibir este mundo de causas subterréneas, de manera que pueda enfrentar al enemigo en el terreno apropiado. Debemos recordar el mito de los Sabios de los Protocolos: comparados con ellos, los hombres que sólo ven hechos son como simples animales. Hay poca esperanza de que algo se salve cuando entre los dirigentes de un movimiento nuevo no hay hombres capaces de integrar la lucha material con un conocimiento secreto e inexorable, uno que no esté al servicio de las fuerzas obscuras sino que en vez de eso se coloque del lado del principio luminoso de la espiritualidad tradicional.

Vemos, por consiguiente, que a diferencia de Kuehnelt-Leddihn, Evola se enfoca en la burguesía como la fuente principal de la degeneración democrática de la Europa moderna, al igual que su tratamiento de las dimensiones 'ocultas' de la subversión en curso le ayuda a uno a concentrarse en la judería internacional como los agentes principales de subversión que deben ser combatidos en una contra-revolución. Desafortunadamente, Evola no pone mucha esperanza en una monarquía hereditaria ni en el catolicismo como los dos fundamentos de la sociedad Europea tradicional, sino que en lugar de ello busca construir un nuevo Orden caballeresco que produzca dirigentes fuertes e ilustrados para los estados europeos.

La falta de entusiasmo por el catolicismo en el tratamiento del Estado de Evola es, sin embargo, corregido por el análisis perceptivo de la diferencia entre catolicismo y protestantismo. En fuerte contraste con la actitud negativa de la Iglesia moderna, la relación de la historia política hecha por Kuehnelt-Leddihn pone un notable énfasis en la religión establecida, y especialmente en el catolicismo, en su formulación del estado conservador. Todo intento contemporáneo de devolverle a Europa su vitalidad natural pre-democrática puede, por lo tanto, tener que partir no solamente de las admoniciones de Evola acerca de los peligros de la burguesía mercantil o de la guerra subrepticia de los judíos contra las tradiciones aristocráticas europeas sino también de las revelaciones de los efectos deletéreos que el temperamento relativista y materialista del protestantismo ha tenido en la sociedad europea moderna.

martes, 27 de junio de 2017

El Pensamiento Anti-democrático de Erik, Ritter Von Kuehnelt Leddihn y del Barón Giulio Cesare Evola
Por Alexander Jacob, Ph.D.
Tomado de: http://traditionalbritain.org/journal/the-anti-democratic-thought-of-erik-ritter-von-kuehnelt-leddihn-and-barone-giulio-cesare-evola/
Traducido del inglés por Roberto Hope


Parte primera — Erik Kuehnelt Leddihn


Dos libros publicados a principios de los 1950's por dos aristócratas europeos ameritan estudio cuidadoso por todo conservador europeo contemporáneo, ya que expresan las reacciones auténticas de auténticos nobles a los cambios revolucionarios que Europa ha sufrido por tanto tiempo bajo el yugo de la democracia y del totalitarismo. Éstos son Liberty or Equality: The Challenge of our Time (1952) por Erik Maria Ritter von Kuehnelt-Leddihn y Gli Uomini e le rovine (Los Hombres entre las Ruinas) (1953) por el Barón Giulio Cesare Evola. Tanto Evola como Kuehnelt-Leddihn se oponían a la democracia por sus tendencias igualadoras, que ellos consideran que no es más que una una mera etapa transicional en el avance hacia sistemas totalitarios, tanto comunistas como capitalistas. Sin embargo, en tanto que Kuehnelt-Leddihn se enfoca en la manía democrática de la igualdad — que él considera incompatible con la verdadera libertad — sin atribuirle claramente esta manía a la clases medias, Evola absolutamente identifica a la burguesía y su innata naturaleza mercantil — la cual milita contra el ethos del guerrero de las sociedades aristocráticas anteriores — como la fuente de los males de la democracia.


Erik María von Kuehnelt-Leddihn (1909-1999) era, como miembro de la aristocracia del Imperio de los Habsburgo, un monarquista y “archi-liberal” en la tradición de Alexis de Tocqueville. Dedicó su carrera principalmente a defender las libertades que él sentía que estaban siendo amenazadas por las doctrinas democráticas y socialistas. Entre 1937 y 1947, vivió y dio clases en los Estados Unidos, volviendo allá después de manera regular desde su nativa Austria, a fin de dar conferencias y continuar con su misión de mejorar la comprensión que tienen los americanos del temperamento y de la mentalidad de los europeos. Estuvo asociado con el Instituto Acton para el Estudio de la Religión y la Libertad y, antes de eso, con el Instituto Ludwig von Mises, del cual el Instituto Acton se había escindido como una rama cristiana. Estaba siempre consciente de la diferencia entre el orden monárquico católico, al cual él pertenecía, y los diversos sistemas democráticos y totalitarios que brotaron a su alrededor en la Europa después de 1914, y su preocupación principal era combatir el impulso nivelador de la democracia, que conduce al totalitarismo y a la privación de las libertades.


Ya en 1943, durante la guerra, había escrito una obra de historia política intitulada The Menace of the Herd or Procrustes at large ( La Amenaza del Rebaño o Procusto anda suelto) (Milwaukee, Wisconsin, The Bruce Pub.Co) que trataba de los defectos de la democracia y del socialismo en Europa, así como en América y en Rusia. Limitaré mis observaciones al segundo de sus tratados políticos, Liberty or Equality: the Challenge of our Time (Caldwell, ID: The Caxton Printers, 1952), y me referiré al primero sólo para sustentación contextual. La primera parte de Liberty or Equality se dedica a un examen de la conexión inextricable entre la democracia y la tiranía. En su obra anterior, The Menace of the Herd, había resaltado la conexión entre la burguesía de Europa y el desarrollo del capitalismo. Señaló especialmente a la Reforma Protestante como el movimiento que liberó el espíritu capitalista, fortaleciendo el prestigio de los usureros judíos en la sociedad europea. Los países protestantes del norte de Europa, particularmente, se convirtieron en estados capitalistas con extraordinaria  rapidez, en tanto que los del sur se quedaron atrás en forma de sociedades tradicionales.


Ginebra, la ciudad-estado teocrática de Juan Calvino, conservaba todavía algunas características aristocráticas, pero su espíritu ya era esencialmente oclocrático y burgués. Para cuando él murió, encontramos una civilización y cultura de clase media altamente desarrollada de carácter capitalista y semi-republicano en los países del Valle del Rhin — en Suiza, en el Palatinado, en Alsacia, en Holanda — pero un proceso semejante puede observarse también en distritos más alejados: en el sur de francia, en las Islas Británicas y en la Hungría oriental.
El problema de este nuevo gobierno del dinero y de la tecnología fue que, a diferencia del sur católico, era culturalmente estéril


Fuera de algunos poetas, vemos a estos seguidores de Calvino contribuir muy poco a las artes y las letras. Carecían de pintores, músicos, arquitectos con originalidad; la hilaridad era para ellos sospechosa y su humor era limitado.


Surgió en el norte la peligrosa consigna del “progreso”.


Las antiguas sociedades jerárquicas y personales fueron batidas hasta ser convertidas en masas informes, por dos grandes productos del “progreso” — las megalópolis y la factoría. “El 'progreso' es (a) colectivista y (b) un ideal puramente urbano...”


Y pisándole los talones a esta idea novedosa del “progreso” vino la noción de la “humanidad”.
La humanidad como tal apenas si existía como un principio viviente en la Edad Media, porque en relación con la eternidad, el hombre no tenía una existencia colectiva. Los individuos se sacrificaban a sus familias, sus señores feudales, reyes, ciudades, derechos, privilegios, religión, su amada Iglesia o la mujer que amaban; de hecho, por todo y por todos con los cuales tenían una relación personal. El anónimo montón de arena llamado 'humanidad' era desconocido para el hombre medieval y aun el concepto de 'nación' no equivalía a la masa gris de ciudadanos que hablan un mismo idioma, sino que era visto como una jerarquía de estructura compleja... El colectivo singular 'humanidad'  no fue creado hasta después de la Reforma protestante, como una unidad viviente.”


La burguesía responsable del capitalismo y la democracia,  sin embargo, no tenía simpatía por las clases bajas, que estaban aliadas más cercanamente con la aristocracia.
La burguesía capitalista del siglo diecinueve (principalmente si consideramos las clases medias altas) se pronunció por un sistema electoral que excluía a las clases bajas de una influencia directa en el gobierno. El demócrata de clase media con frecuencia le tiene pavor al trabajador manual, quien frecuentemente se ponía del lado del aristócrata, usualmente odia políticamente al campesino, parcialmente por razón del desprecio arraigado de los elementos agrarios contra la ciudad, y parcialmente por razón de la estructura y las tendencias conservadoras y patriarcales de la población agraria.


Así pues, la quimera de la 'humanidad' hizo a los hombres no más fraternales sino menos.
La cultura y la civilización democratística los rebajó al ajerárquico montón de arena pero, paradójicamente no los llevó más cerca el uno del otro. Sólo el pensamiento de un creador común y un origen común puede unir a los seres humanos.


Esta es de hecho la fuente de la enajenación de las democracias modernas.
En el Tirol jerárquico la gente está más unida una con la otra que en el democrático “Nueva York, y aun el albano que practica su vendetta es más buen vecino que el habitante del Berlín o del Estocolmo modernos.”


De manera interesante, Kuehnelt-Leddihn rastrea los comienzos de la democracia popular u oclocracia al pensamiento materialista de Juan Calvino y a la negación de la vida después de la muerte por los pensadores de la Ilustración que trajeron la Revolución Francesa.


No cabe duda que el ateísmo, el agnosticismo, y la negación de la otra vida son parcialmente responsables del rápido desarrollo técnico que, además de los exquisitos instrumentos de destrucción masiva, nos trajo diversos medios para superar el espacio y el tiempo.
La distribución de las materias primas mediante el uso de tecnología hace todo disponible a todos porque “nadie debe tener el derecho de enorgullecerse de ser el único poseedor de una cosa específica” y el resultado sociológico es una rápida colectivización.


En sus primeras etapas, la democracia es intrínsecamente una lucha contra los privilegios, y después el democratismo sigue esta amarga lucha despersonalizante contra todos y contra cualquiera con la ayuda de la magia demoníaca de la técnica.


La educación universal es también identificada por Kuehenelt-Leddihn como una de las características 'colectivistas' de la democracia:


En vez de apegarse al principio jerárquico en el más aristocrático de los campos — la educación intelectual — se hicieron en este terreno una serie de concesiones al espíritu de las masas; la educación se convirtió así, junto con el industrialismo, en no otra cosa que un factor más de nivelación aplanadora.


Es significativo también que las clases medias se oponían especialmente a la Iglesia Católica por razón de su naturaleza jerárquica y de su preocupación con los misterios, que en una democracia tenían que ser racionalizados por las masas a medio educar. Como él lo observa:
Debe tenerse en mente que la clase que ha sido más antagónica a la Iglesia en los siglos pasados ha sido la clase media, o la burguesía. Es la clase media de Francia, Austria, Alemania, Bohemia, y Moravia la que muestra el mayor porcentaje de protestantes.


A diferencia de Evola, Kuehnelt-Leddhin no considera que el liberalismo sea una característica distintiva de la democracia, sino, más bien, considera que el deseo de igualdad es la obsesión característica de la democracia, que,como se menciona arriba, contradice el deseo natural de libertad. En Liberty or Equality, él define libertad como la de desarrollar la personalidad propia:
La mayor cantidad de auto-determinación que es factible, razonable y posible en una situación dada. Como medio de salvaguardar la felicidad del hombre y proteger su personalidad es un fin intermedio, y consecuentemente forma parte del bien común. Es evidente que bajo estas circunstancias no puede sacrificarse brutalmente a las demandas de la eficiencia absoluta ni a los esfuerzos para alcanzar un máximo de bienestar material.
En este contexto, tiene particular cuidado de distinguir la democracia anglo-sajona de la continental, ya que aquélla está dirigida desde arriba y conserva el carácter de una “república aristocrática” en tanto que ésta tiende a ser una democracia de masas, que conduce al totalitarismo. También nos recuerda que:


Algunas de las mejores mentes de Europa (y de América) estaban angustiadas por el temor de que hay fuerzas, principios y tendencias en la democracia que son, ya sea en su propia naturaleza o, por lo menos, en sus potencialidades dialécticas, contrarias a muchos de los ideales humanos básicos — siendo uno de ellos el de la libertad.


Los defectos principales de la democracia se derivan de sus preocupaciones materialistas, de ahí su producción en masa, su militarismo, su nacionalismo étnico, su racismo, y todas las tendencias a la “simplificación” que conducen hacia la uniformidad y la igualdad, que él llama “identitarianismo”. Cita la observación de Lord Acton de que: “Libertad era la consigna de la clase media, igualdad la de la baja”. Esto, sin embargo, difiere de su propia afirmación en La Amenaza del Rebaño, de “Libertad es el ideal de la aristocracia, en tanto que igualdad lo es para la burguesía, y fraternidad para el campesinado”. De hecho, si la igualdad fuera la principal demanda de las clases bajas como lo había propuesto Lord Acton, la nivelación a la que apunta Kuehnelt-Leddihn claramente no se debe a ellos, sino más bien a las elites que las organizan como “masas de hombres que son 'parecidas e iguales' atraídas por placeres bajos y vulgares.” Su cita de Alexis de Tocqueville deja esto muy claro:


Sobre esta raza de hombres se yergue un poder inmenso y tutelar, que se adjudica sólo a sí mismo la facultad de obtenerle sus satisfacciones y cuidar de su destino. Ese poder es absoluto, ínfimo, regular, providente y leve. Sería como la autoridad del padre si, como ella, su objeto fuera el de preparar a los hombres para la hombría, pero busca, por el contrario, mantenerlos en perpetua adolescencia: está muy conforme con que la gente se regocije, siempre que no piense en otra cosa que en regocijarse. Para la felicidad de ellas un gobierno así se afana con gusto, pero elige ser el único agente y árbitro de esa felicidad: les proporciona lo necesario para su seguridad, les provee para sus necesidades, les facilita sus placeres, les dirige su industria, regula la herencia de la propiedad, y subdivide las herencias — ¿qué queda si no es librarlos de todo cuidado de pensar y de toda la dificultad de vivir?


Vemos de esta descripción de los efectos de la democracia que ésta es una caricatura maternalista del ideal paternalista político que Evola propone. Aun cuando Kuehnelt-Leddihn no culpa, como Evola, a la burguesía por su nivelación forzada de las clases bajas, sí observa que la producción en masa capitalista y el militarismo nacionalista son creaciones de los capitalistas burgueses más que del proletariado.


También podemos observar que él considera el nacionalismo racial como una forma de proletarismo en el que naciones enteras son elevadas a un estado pseudo-aristocrático. Sin embargo, puede inferirse de sus propias disquisiciones sobre las distintas actitudes hacia el nacionalismo y racismo entre católicos y protestantes (ver abajo) que este nacionalismo y racismo no son tanto característicos de las clases bajas como de aquéllos que explotan el sistema democrático, que deben de ser principalmente las clases medias capitalistas.


En general, Kuehnelt-Leddihn no acentúa las peligrosas revoluciones de la burguesía en los estados monárquicos o aristocráticos ni su pernicioso efecto sobre las clases bajas. por las que tiene poca compasión. Tampoco relaciona claramente a los judíos de la sociedad europea con las transformaciones de monarquías a democracias y sociedades colectivistas que los países europeos han sufrido en la historia reciente aun cuando someramente señala las raíces en el Antiguo Testamento del materialismo y el oscurantismo que marca las democracias protestantes. Siendo su preocupación principal la defensa de la libertad individual y social, estudia la transformación gradual de los gobiernos democráticos en tiranías. Si en los estados democráticos no emergen en el escenario, el totalitarismo se manifiesta no obstante en el aparato burocrático del estado que atiende las necesidades de bienestar social de las clases bajas. Aquí nuevamente se le ve, por lo menos superficialmente, más bien tolerante con las clases medias, ya que no señala que una burocracia estatal benévola podría atender las genuinas necesidades de la gente, en tanto que también puede interferir con las ambiciones financieras de las clases medias.


En el desarrollo de una democracia hacia una tiranía totalitaria, Kuehnelt-Leddihn acertadamente observa el papel crucial tomado por el protestantismo. A diferencia de Evola, quien no trata la naturaleza y los peligros del protestantismo en su crítica del catolicismo moderno, Kuehnelt-Leddihn echa la culpa de la degeneración de la democracia directamente al protestantismo. Observa que, ideológicamente, las democracias dependen de principios relativistas que son característicos también de los movimientos protestantes.


El relativismo, que el bienpensante y el lógico rechazan, juega un papel enorme en el campo político y espiritual de la democracia. Dejemos al psicólogo determinar las implicaciones femeninas de tal relativismo. Pero el relativismo y la disposición de hacer concesiones van de la mano, y un rechazo a hacer concesiones en las cuestiones fundamentales (una característica católica más que protestante) pronto pondría en parálisis a la maquinaria democrática.


En tanto que los católicos son inflexibles cuando se trata de dogma, los protestantes son más bien subjetivos en su tratamiento de cuestiones doctrinales. Los católicos están consecuentemente más convencidos de sus principios y no están a favor del latitudinarismo. Como lo observa:


El dogma católico, excepto por un aumento en su volumen, ha permanecido sin cambio, y los comentarios sobre él han variado sólo dentro de ciertos límites. El protestantismo, por el contrario, se mantiene en un constante proceso de evolución. En tanto que la fe de los católicos puede estar expuesta al proceso de diminuation de la foi (disminución de la fe), la de los protestantes está sujeta al de rétrêcissement de la foi (estrechamiento de la fe).


Por otra parte, el protestantismo es una religión más fanática que insiste, de una manera medievalista y veterotestamentaria, sólo en Dios, en tanto que el catolicismo siempre ha considerado con igual cuidado a Dios y al Hombre. Esto explica la maravillosa explosión artística del Renacimiento y del Barroco, que está pobremente representado en los países protestantes.


Así pues, la clave para una comprensión verdadera de las culturas católicas del Continente Europeo y de América Central y del Sur es, para el protestante así como para el católico de las Islas Británicas y de Norteamérica, una apreciación y entendimiento de los valores culturales, artísticos e intelectuales del Humanismo, del Renacimiento y del Barroco.


La insistencia protestante de que la religión es un asunto privado está opuesta completamente a la preocupación de la Iglesia con la “totalidad de la cultura humana” (39), la cultura misma distinguiéndose de la civilización, que atiende a las confortaciones meramente materiales de la humanidad.


Aun cuando la civilización es básicamente comodidad, tersura, disfrute material y ausencia de fricción, debemos mirar al cristianismo tradicional — con su violenta oposición a la eutanasia, al aborto, a la contraconcepción, al pacifismo y al individualismo — como algo incómodo.


El protestantismo y el calvinismo poseen también una tendencia veterotestamental de ver el exito terreno como signo del favor divino, lo cual está ausente en las naciones católicas, “donde un pordiosero es un miembro 'útil' de la sociedad, y el comercialismo no es tenido muy en alto.”
Los protestantes, temerosos de una fragmentación social, tienden naturalmente al mínimo común denominador que identifica a los sistemas colectivistas. Los católicos,en cambio, están más desarrollados personalmente que los protestantes, quienes con su tendencia a la condescendencia, la solidaridad, la cooperación, y la buena vecindad, tienden a ser más conformistas que los católicos, y hasta más intolerantes. De hecho una de las características distintivas de la propia democracia — para Kuehnelt-Leddihn así como para Evola — es que es 'anti-personalista' y 'colectivista' y su tendencia a ejercer 'presión horizontal' da como resultado sistemas totalitarios.


No es de  sorprenderse, pues, que Calvino haya establecido en Ginebra el primer estado-policiaco verdaderamente totalitario. La Revolución Francesa también fue de inspiración protestante.


También es evidente que la sustancia ideológica de la Revolución Francesa es casi en su totalidad el producto de la dialéctica protestante. Aun cuando hay algunos elementos Cartesianos y Jansenistas menores en la filosofía política del '89 y del '92, los principales impulsos provinieron de los Estados Unidos, Inglaterra, Holanda y Suiza.


Esto es también por qué, como nos lo recuerda Kuehnelt-Leddihn, el Conde Keyserling califica a los Estados Unidos de socialistas en un sentido más profundo y llega a la conclusión de que “la mayoría de los americanos quieren obedecer como ningún soldado jamás lo ha hecho”.
Los católicos,en cambio, son no democráticos por naturaleza:


Es virtualmente cierto que las naciones católicas, con su amor a la libertad personal, su pesimismo terreno, su orgullo y su escepticismo, nunca habrán de aceptar de corazón la democracia parlamentaria.


Los países católicos privados de una monarquía tienden al burocratismo, la anarquía o la dictadura de partidos, más que a la democracia.


Tenemos que preguntarnos si los casos más extremos, cuando se combina el temperamento violento con una completa incompatibilidad ideológica (España, Portugal, Grecia, Sudamérica), el gobierno desde arriba en una base burocrática no es la única salvaguarda contra la alternativa de anarquía y dictadura de partido.


El catolicismo es esencialmente paternalista y jerárquico, cualidades que también Evola recomienda para su estado conservador orgánico. Los católicos prefieren patriarcas, pero no policías, ellos pueden con frecuencia ser anarquistas y militar contra el Estado. En tanto que la uniformidad de los partidos políticos que gobiernan a los países protestantes facilita el nacionalismo así como el totalitarismo, los católicos no son nacionalistas populares ni favorecen la centralización, sino más bien el federalismo (201). Kuehnelt-Leddihn señala el ejemplo del federalista alemán Constantin Frantz (1817-91) quien se oponía a los regímenes centralistas totalitarios, y nos recuerda también que los prusianos no eran pan-Germánicos, sino más bien dinásticos.


La solución política a los problemas inherentes al gobierno democrático que propone Kuehnelt-Leddihn es una monarquía hereditaria con órganos locales de autogobierno. A diferencia de los dictadores, los monarcas están restringidos por la ley cristiana, y en ésta la doctrina de la imperfección humana, o 'pecado original', sirve como una influencia moderadora en las monarquías así como en las democracias. La monarquía, como el catolicismo, es paternalista y no 'fraternal'. La razón de la superioridad de tal gobierno paternalista — también típico de las órdenes religiosas católicas — es que obliga al gobernante a ser más responsable que los gobernantes electos democráticamente. Las monarquías no son oligárquicas, plutocráticas ni están propensas a la corrupción pues el dinero no manda al estado como sucede en las democracias. Además, el monarca no sólo representa responsabilidad política sino también promueve 'grandes' estadistas dentro de su gobierno, poseídas de una entrega comparable a los deberes del estado. Una monarquía es también más eficiente con su burocracia que una democracia, y está mejor capacitada para llevar a cabo grandes empresas.
Los monarcas son en la mayoría de los casos biológicamente superiores y el gobierno hereditario constituye una regla orgánica contraria a la regla variable de partidos. Los monarcas son capacitados desde niños para gobernar y reciben una educación moral y espiritual para su cargo. Al mismo tiempo, tienen mayor respeto por sus súbditos y protegen a las minorías ya que no dependen del apoyo de las minorías. Las monarquías también tienden a mezclarse internacional y étnicamente, sirviendo así de  fuerza unificadora.


Como las democracias dependen de lo que el historiador judío socialista Harold Laski llamaba un 'marco común de referencia' o consenso, hay de hecho menos libertad de expresión en las democracias que en los estados monárquicos. Esto es particularmente cierto en los estados católicos que están marcados con diferentes niveles de ilustración y por ello no caen en la trampa del utopianismo protestante. El catolicismo no cree que todos sean capaces de recibir la misma educación y entendimiento, ya que está continuamente consciente de la noción de la imperfección humana o 'pecado original'. La liberalidad del católico proviene de la generosidad y no de un razonamiento relativista que por la fuerza concilie los opuestos.


Desafortunadamente, las mayores libertades disfrutadas en las monarquías católicas tradicionales han sido restringidas por los regímenes protestantes. Pero Kuehnelt-Leddihn nos recuerda que sólo el 13% de la población del continente europeo es seguidora de credos protestantes. Y debe tenerse en cuenta que:


Todos los países de la Europa Continental necesitan tener una misión, un fin último, un objetivo metafísico — que elecciones parejas, incremento en exportaciones, más calorías o mejor cuidado dental no van a hacer innecesarios.

Es de importancia vital, por lo tanto, que uno deba “esforzarse por ayudar al continente europeo a encontrar su propia alma”. Siguiendo la disquisición de Kuehnelt-Leddihn sobre el monarquismo y el catolicismo, y su oposición natural al republicanismo y al protestantismo, podemos suponer que lo que se requiere es una restauración, en la medida que sea posible, del sistema monárquico católico — “Sólo así podrá el Continente esperar volver a ser otra vez lo que antes era, una Tierra Libre y Real.”

domingo, 18 de junio de 2017

Democracy

by Leonardo Castellani
Translated from the Spanish and slightly adapted by Roberto Hope


It was the day when restoration of democracy had taken place in Athens, after the de facto government of Agiospotamos and Rodomorfos had ended, that the jailer came in with an urn, watched by two officers, to let Socrates cast his vote, since, despite Law N° 203.785, subindex 6, those in prison are not allowed to vote, by virtue of additional decree N°203.786 c.f., all prominent individuals in the Republic, as the great Socrates was, have the obligation to vote, under penalty of fine or prison, but he was already in gaol anyway, So, feeling blue, he asked:

— Tell me, oh Plato, what is a democracy?

— It is the government of the people.

— What does 'of the people' mean? This part is ambiguous in our language. Do the people rule? Or are they ruled?

— The people rule.

— Who do they rule?

— The people.

— Then, the people rule and at the same time are ruled?

— That's what it seems, oh master.

— Are not to rule and to be ruled opposites of each other?

— They are, Socrates, since to rule is to command and to be ruled is to obey.

— And what does axiom N° 8 say?

— It says that two opposites of the same subject are mutually destroyed.

— Consequently, with democracy, the people are destroyed.

I had no qualms to grant that this is so, since, as everyone knows, I have been quite a fascist; or, as we used to say, laconophile, but Cleon and Demolalos were with me, who had arrived that same day with fresh news from Boeotia, and Demolalos said:

— You are mistaken, oh master; because the people do not rule but through their representatives.

— And the representatives rule the people?

— Certainly: after they have been elected by us, just as you will do it in a few moments, in use of your sovereign right.

— Then, in a few moments, I will rule the people of Athens?

— Certainly, Socrates, and precisely in this consists the sovereignty of the people.

— For how long will I rule?

— For the time it takes for you to put your ballot in the urn.

— And can I in that time derogate all the taxes in Athens and replace them with the Single Tax on Financial Capital, which does not affect me?

Here, Demolalos, who owned financial capital, hesitated, and Cleon interjected saying:

— Without a doubt, Socrates, always through your representatives if they are of all the people, or of one half plus one.

— And if they are not?

— Oh, they will be, no doubt, Socrates! You are smart and have always voted for the candidate of the majority.

— But it so happens — said Socrates — that now the majority does not want the Single Tax on Financial Capital.

— Then, patience and don't give up, Socrates, the majority is never wrong, theoretically at least, and if we keep the Single Tax on the Producers, it is because that is what is more convenient for everyone.

— To the producers too?

— Of course, Socrates.

— Do the producers vote for it?

— Not directly, but they vote for Frondivoros, who is secretly committed to keeping such tax in the books; we call it the Development Promotion Program.

— And why do workers vote for Frondivoros?

— We do not let them vote for other than Frondivoros, or for Balvivoros, who is worse than Frondivoros, or at least that is what they think.

— And why do they think so?

— We have let them see it by means of Propaganda.

— But don't you see that, if the people should later become aware, they will uprise?

— That does not matter: Authority is sacred and it comes from God. So, by taking just a few and having them executed at night, fall who may fall, the rest will remain as still as a wall, in honor of the principle of authority. We have Religion on our side, and we organize a Te Deum for our sins every 25th of May.

— And who will execute them?

— The Armed Forces

— And if the Armed Forces stage an uprising?

— Impossible, the Armed Forces are there to defend the Constitution, and that's why we have kept raising their salaries, their prerogatives, and their privileges for thirty years already.

— Who raises their salaries?

— We do.

— Who is “we”?

— Of course, we the democrats.


— Then you are the true rulers of Athens.

— And that is alright — said Cleon — Our Constitution is democratic. We do nothing but defend the Constitution.

Here Demolalos interjected:

— This Holy Democracy, Humankind's true religion where all religions have a place. To this ideal state we have arrived after great efforts, bloodsheds, millions dead, millions of books written by the most enlightened skulls of the seven continents. Peoples have reached their age of majority, theoretically at least because we cannot deny that they are mistaken very often; but we are here to correct them and educate them. Educate the Sovereign!

— Not so sovereign if they need to be educated by you!  — but his words were lost because the two Boeotians had made three mazurca steps and, arm in arm, sang together vociferously the first stanzas of the Hymn of the People´s Representatives [to theTune of The Yellow Submarine]

We are all the true representatives
Representatives, repressingtatives
We are not like the old ones used to be
Old ones used to be, old ones used to be
With repressing tentatives
Representing, repressing
We're the true repressing thieves
True repressing tentatives
Bom, bom, bom, bom....

— And how do you correct the Sovereign — shouted Socrates at the moment they had began attacking the second stanza.

— Say again? — exclaimed they, stopping the frolic.

— when it so happens that the majority get it wrong — continued Socrates.

— Oh, they are wrong almost always — answered Cleon, They are immature, intellectually prepubescent, Well, let them err! We correct them with a liberating revolution.

— A what?

— An uprising, a coup d'Etat, or a fiasco, followed by a democratic dictatorship.

— But how so? Is not a dictatorship the opposite of a democracy?

— There are dictatorships and there are dictatorships, Socrates. The democratic dictatorships are very good and necessary since they are carried out to re-establish democracy.

— And how are they carried out?
— Well, nigh raid, perjury, hinder, libel, operation H, and vilifying all who oppose us. Constitutional rights are suspended, and what not, in order to defend the rule of law.

— And have you done many?

— All that become necessary we will undertake until the people get educated. That's why we count on many of our side in the Armed Forces. In the meantime, we collect and in the meantime, the world ceaselessly wanders in the immense orbit of the great void.

— This democracy — observed Socrates — looks to me more and more like a kind of a joker or a pretext.

The two Boeotians interchanged a look.

— Careful, Socrates! — said Demolalos — Insidiously and surreptitiously a backwoods, violent, decrepit ideology seems to be insinuating itself in your reactionary questions, which configures a crime of treason: delictum, delicti.

— Careful, Socrates! — stressed Cleon. I forewarn you that, in the universal and free suffrage you will have the honor of depositing in the sacred urn, you must vote for Frondivoros.

— And why?

— Since your vote will be the only one that will be deposited in that urn, who you have voted for will be known, and even if it were to be not the only one, that does not matter. We will find out.

— And if it strikes my fancy to cast a blank vote?

— That is a mortal sin, according to the bishop.

— I will exercise the sung vote — said Socrates with his characteristic stubbornness, upon seeing the jailer coming with the urn, which had the vague aspect of a sarcophagus, followed by two policemen carrying a cup of hemlock.

Socrates took a ballot form and wrote on it before the eyes of everybody:
I will kiss your tunic
of a purple lily color
I will kiss your sendal
Of a bruised skin color
I will kiss your clogs
Of a whitish lily color

and underneath wrote these mysterious letters: LPQTP

That seen, he was condemned ipso facto and némine discrepante. And, as this time the druggist had by chance prepared the hemlock well, Socrates kicked the bucket in the midst of his disciples' applause, who gave him a religious burial, planting a stake in the fresh soil with a cardboard sign reading:
AQUÍ YAZ NA NEGRA TERRA
MOITO CONTRA SUA VOLUNTADE
O VISORREY DA FILOSOFIA GRECA
SOCRATES SOCRATIDES
DEUS LLE DEALA PAIX
NO OUTRO MUNDO
XA QUE NESTE NON POUDO.

(Here in the black soil lies,
much against his will,
the viceroy of Greek philosphy
Socrates Socratides.
May God give him the peace
in the next world
since in this one He could not)