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lunes, 23 de abril de 2018

El Americanismo y el Colapso de la Iglesia en los Estados Unidos 

 Americanismo = Herejía 
Por el Dr. John Rao

Tomado de: http://www.traditionalcatholicpriest.com/
Traducido del inglés por Roberto Hope

 Parte V 

La Ceguera de un Pueblo Conquistado

Del Americanismo, en su forma católica, se había dicho por mucho tiempo que no era otra cosa que un producto de la imaginación de mentes sobre-excitadas y exageradamente recelosas. Esta opinión parecería haberse confirmada por el hecho de que cualquier mención significativa de él prácticamente desapareció casi desde el momento en que Testem benevolentem hizo notar sus peligros. Y, sin embargo, una comparación que se hiciera de la vida católica contemporánea con los principales principios americanistas, sin lugar a duda indicaría que para estos días ya ha logrado una victoria tan completa como humanamente puede lograrse..

Muchas de las doctrinas que estaban en estado embrionario en el Americanista de los 1890s, que básicamente seguía queriendo ser ortodoxos, han devenido en las francas y desvergonzadas herejías de hoy en día. Ahora se hace una descarada insistencia en la necesidad de una Iglesia Nacional Americana, una que tenga como deber principal la propagación de las doctrinas pluralistas de apertura y libertad para todo, excepto aquello que sea sustantivo, exaltado y verdaderamente distintivo del catolicismo y, por lo tanto, "divisivo".

Además, las consecuencias inevitables del pensamiento Americanista se hacen más manifiestas en forma práctica de lo que era hace cien años. El abandono de todo lo que fuera sólidamente católico en aras de la integración ha dejado en su rastro todos y cada uno de los males que se observan en la sociedad pluralista laica en conjunto. El Americanismo siempre viene acompañado de un hastío espiritual, y nada puede imaginarse que sea más aburrido que el catolicismo americano de los años 1980s y 1990s. El desastre litúrgico, el desmantelamiento de los templos y la manera en que los artificios, las 'dinámicas', las vulgaridades, las formas mezquinas de trabajo social, las obsesiones sexuales, y las estrechas preocupaciones políticas han tomado precedencia por encima de lo sobrenatural, atestiguan lo anodino y materialista que esta conquista entraña. El Americanismo siempre viene acompañado de una multiplicidad de hechos. la impotencia de los serios y la dominación de la voluntad materialista más fuerte o irracional, y nada puede imaginarse que esté más dividido, más incompetente en su defensa de la verdad y más esclavizado a los deseos de las poderosas voluntades ilícitas, que el catolicismo americano de los 1980s y 1990s. Toda la discusión de los múltiples tipos de católicos con adjetivo con intereses crecientemente en choque, todas las declaraciones y programas episcopales, envueltos en contradicción y mezquindad, toda la mangoneadora influencia de consultores financieros, expertos en sexualidad, y personalidades carismáticas en parroquias, oficinas administrativas diocesanas, y comités doctrinales constatan los estragos de la fe Americanista.

Y sin embargo, una vez más, el pueblo católico conquistado no reconoce lo que le ha  pasado sino, por el contrario, elogia la conquista y se esfuerza por ceñirse más fuertemente con sus propias manos las cadenas que le han impuesto sus conquistadores. "Mueren y, sin embargo, sonríen." Ha olvidado de qué se trata el catolicismo, aun cuando crea que lo está defendiendo. Quisiera proponer cuatro razones históricas y sociológicas que explican la victoria silenciosa del enemigo conquistador.


El americanismo parecía haberse desvanecido en parte porque los Estados Unidos en la mente del Vaticano a la vuelta del siglo se encontraban en la periferia del mundo y no se podía mantener su atención por demasiado tiempo. Roma no estaba ansiosa de molestar a los americanos, en tanto los americanos no molestaran abiertamente a Roma. En otras palabras, Roma permitió que la infección se extendiera.


Hay que reconocer que era difícil seguir las hostilidades cuando el propio Americanista insistía que no había herejía alguna, que él carecía de una plataforma teológica y que él meramente adoptaba un humilde método pragmático ocupado en promover contactos entre el mundo secular y el catolicismo, desconectado de cualquier cuestión doctrinal. La sutil transformación de su programa pastoral en una religión evangélica eludía su mente, tanto como eludía la de muchos otros patriotas que inconscientemente servían a un credo anti-nacional. Los Americanista no podían comprender el significado de Testem benevolentem porque la encíclica era en sí misma parte esencial de aquella preocupación por lo abstracto que el pluralismo americano supuestamente había superado. Si la cuestión Americanista no atrajo la atención de la mayoría de los católicos y uno de los participantes en la batalla se rehusaba a reconocer siquiera que hubiera una guerra, por qué habría Roma de pensar que tuviera que intervenir nuevamente cuando estaba ocupada con otras dificultades que juzgaba ser más críticas.

Además, el contraste del Modernismo con el Americanismo parecía corroborar este juicio. La crisis modernista sí entrañaba un desafío teológico directo a la doctrina católica, y consecuentemente no podía despertar un entusiasmo Americanista general. La falta de entusiasmo entre los americanos por abrazar el modernismo luego del estallido del Americanismo dió a los Estados Unidos un aura de nación ortodoxa modelo. Ay! Roma no se dio cuenta de cómo el Americanismo "práctico" y "pragmático" podría absorber a naciones enteras en lo que era efectivamente un túnel de viento nominalista, naturalista y modernista!

En segundo lugar, el Americanismo triunfó también en medio de su aparente deceso debido a la aclimatación de los católicos al mundo americano que los rodeaba. Esta aclimatación se solidificó por la huida de las ciudades a los suburbios durante la post-guerra. Hablar de las glorias del modo americano de vida cuando el grueso de los católicos eran de lengua extranjera o por lo menos vivían en los guetos de Nueva York, Boston Chicago y Filadelfia era una cosa. En este caso esa palabrería no pasaba de equivaler a lanzar unos granos de incienso ante la estatua de un Emperador cuyos dictados podían seguir siendo interpretados en un sentido católico. Después de todo, hasta los católicos que vivían en esas condiciones estaban sometidos constantemente al fulgor de las antiguas costumbres católicas, y probablemente no podrían jamás comprender enteramente el significado de su nueva religión.

Sin embargo, una vez que el Americanismo fue enfatizado bajo la autoridad y las costumbres de los suburbios carentes de belleza, comenzó a hacer su verdadero estrago. Los católicos comenzaron a vivir puerta con puerta con sus compatriotas americanos. Al hacerlo, descubrieron lo que verdaderamente significa el Pluralismo. Entendieron que no significaba agregar las convicciones que venían de su corazón a contribuir a un diálogo nacional inspirador. En vez de eso, se dieron cuenta de que significaba adoptar obsesiones sexuales, comerciales y democráticas de otro tipo, mezcladas con un insulso, anodino e informe término medio, reflejado en el carácter de sus comunidades dormitorio en conjunto. El pluralismo es la expresión intelectual del churro. Los católicos vieron esto y llegaron a infatuarse con su horrenda realidad. Pronto, su amorío los llevó a una liturgia churro, a una escuela católica churro y a una teología churro, todas dedicadas a la glorificación del puritanismo laicizado. Esto es lo que el Americanismo siempre ofreció, y es lo que los católicos finalmente obtuvieron. Fue una adquisición gloriosa.

Los políticos católicos hicieron su infame papel en esta aclimatación. América estaba dispuesta a aceptar como políticos nacionales sólo a aquéllos capaces de encajar en la mentalidad pluralista, gente que se inclinaba a adorar el Dios nacional de la fe nacional, Muchos políticos católicos estuvieron dispuestos a venderse de esta manera o, para ser más precisos, estaban ya tan americanizados que no se dieron cuenta de la humillación que estaban sufriendo. Una vez más, la sociedad americana hizo lo imposible por elogiarles la "valentía" que demostraban al aceptar la oferta del demonio de entregarle todos los reinos de este mundo. El creyente promedio vio su éxito consecuente como una señal de que el lugar de la Iglesia en la vida norteamericana se había vuelto seguro. Democracia, pluralismo y separación Iglesia-Estado parecían haber hecho su efecto.. Habían dádoles a los católicos y a su Iglesia una participación completa en los asuntos nacionales. Esto es cierto, a menos que uno subraye un hecho desagradable: esos católicos y esa Iglesia Católica a quienes se les había concedido una participación plena en los asuntos nacionales habían quedado tan desactivados por la Religión Americanista que guardaban poca o ninguna relación con los creyentes y con la Fe que había desagradado tanto a los Estados Unidos un siglo antes.

Una tercera explicación del aparente deceso del Americanismo fue el surgimiento del poderío soviético. La hostilidad marxista contra la Iglesia era de tal manera abierta que eclipsaba totalmente la sutil manera en que la Religión Americana se oponía al verdadero espíritu católico y conducía hacia resultados anti-católicos parecidos. Los católicos americanos se emocionaron de que el enemigo de su Iglesia fuera también enemigo de su país, veían el anti-comunismo como un un medio de enfatizar su patriotismo. Desafortunadamente, también probó ser el camino para su americanización. Los católicos americanos en masa comenzaron a creer que toda crítica al modo americano de vida - de hecho cualquier sugerencia de que pudiera existir siquiera una sola alternativa al modo americano de vida - equivalía a traición. En vez de usar su lealtad a la patria para extirpar de los Estados Unidos la ecuación del patriotismo con la religión americana, cayeron presa del mismo desafortunado error. Estamos ahora pagando el precio de esa claudicación, ya que muchos católicos americanizados se sienten con el deber de traicionar a la tierra que consideran que ha descuidado su misión democrática en Sudamérica, Asia y África.

En cuarto lugar el Americanismo ha prevalecido por la reciente dominación americana del mundo occidental en conjunto. La victoria de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y su indudable prosperidad material convenció a muchos europeos de que las actitudes americanas hacia el Estado, el individuo y el mismo pluralismo eran válidos. Les convenció de que los esfuerzos por conformar los países de acuerdo con los dictados  de doctrinas sociales y políticas, tales como las del comunismo y el nazismo eran errados. Les convenció de que el pluralismo americano era la fuerza neutral que daba a todas las doctrinas una oportunidad de prosperar, que he demostrado no ser cierto. Una vez pensé que 1968 marcó el principio del fin de esta fascinación de Europa por América, pero las influencias culturales de los Estados Unidos han seguido creciendo sin cesar, haciendo difícil la empresa de escapar de ellas. Tan omnipresentes están ahora, que la gente ya no recuerda siquiera de dónde vinieron originalmente, o que la Segund Guerra mundial fue realmente un acontecimiento importante que permitió su desarrollo.

La iglesia tampoco se libró de estas influencias. Las nociones Americanistas penetraron por toda la Iglesia Universal durante el período que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Yo no niego la validez del Concilio Vaticano Segundo. No obstante, tendría uno que tener los ojos cerrados para no reconocer cuántos conceptos Americanistas, en unión con visiones Vitalistas, jugaron un papel en sus deliberaciones y su interpretación. La noción de eludir cuestiones doctrinales por razones puramente "pastorales" es algo que un Americanista, receloso de las ideas, habría de desear.. La sutil transformación de un sínodo no doctrinal en el único concilio doctrinal, en una fuerza para desarrollar una institución democrática, pluralista, verdaderamente opresora, es algo que un estudioso del Americanismo podría haber predicho. Igualmente fue la insistencia en la separación de la Iglesia y el Estado. Los esfuerzos que se han hecho desde el Concilio por minimizar el catolicismo, integrando ideas marxistas, capitalistas, feministas y homosexuales en el cuerpo de la fe son señales vívidas de la presión del Americanismo. La indicación más cierta de su presencia es lo soso e infantil de mucho de lo que se hace pasar por vida católica desde los 1960s. ¿Cómo podría el Americanismo no haber triunfado cuando los propios centros de la Iglesia Universal reflejan sus deseos? ¿Reflejan sus deseos y sin embargo niegan al mismo tiempo hacerlo?

VI ¿Qué debe hacerse?
Es esencial para el pueblo americano volverse una nación. No podrá lograrlo en tanto el Americanismo sea la norma que se utilice para definir el significado de lo que es una nación. Es esencial para los norteamericanos católicos volver a aprender las enseñanzas ortodoxas y la gloria de las culturas ortodoxas a fin de salvarse y elevar su nación a una perfección sobrenatural. No podrán hacerlo mientras el Americanismo establezca las reglas fundamentales para identificar lo que constituye tanto un catolicismo como una ciudadanía leal

Una solución a este doble dilema es la misma ahora que lo era cuando los católicos comenzaron primero a criticar la vida americana en el siglo pasado. Es tan simple de describir como inmensamente difícil de llevarse a cabo, Los americanos católicos deben distanciarse de la ideología de América. No deben abandonar su fe en aras de esta falsa religión, que es tanto inhumana y destructora de la idea de nación como blasfema. Hasta ese tiempo en que actúen política y socialmente sobre la base de una visión verdadera, ortodoxa de Dios y su creación y busquen elevar su nación sobre ese fundamento, tanto ellos como sus conciudadanos seguiran siendo "hombres sin nación" y esclavos de un materialismo vulgar que con el tiempo habrá de hastiarles hasta su tumba. La precondición necesaria para esta acción aparece descrita en mi artículo "Por qué los católicos no pueden defenderse a sí mismos". Esa precondición es aprender su fe, libre de manipulación Americanista. Pues nadie que quiera gritar "vivan los Estados Unidos de América de un mar al otro, su bandera y su pueblo" podrá hacerlo con confianza hasta que una raza de verdaderos confesores convierta a esa tierra a la única iglesia de Cristo, venciendo al Americanismo y previniendo que todo rastro de religión y de patriotismo desaparezca de su territorio.


Nota bibliográfica:
Adicionalmente a la obra del Dr. Thomas Molnar, Le modele defiguré, publicada en Francia, las siguientes obras fueron cruciales para la preparación de este panfleto: The Gret Crisis in American Catholic History 1895-1900, de Thomas McAvoy (Chicago, Regnery, 1957) ; The Catholic University of America, 1887-1896. The Rectorship of John J. Keane por P.H. Ahern (Washington, D.C:, Catholic University Press, 1948); The Catholic University of Amerivan, 1903-1909; The Rectorship of Denis J. O'Donnel, por C.J. Barry (Washington, D.C:, Catholic University Press, 1960); The Catholic Church and the German Americans (Washington, D.C:, Catholic University Press,1953); The Life of James Cardinal Gibbons, Archbishop of Baltimore. 1834-1921 por J.T. Ellis, (Milwaukee: Bruce Publishing Company, 1952).

domingo, 8 de abril de 2018

Prayer to the Light  

by José María Pemán  

Spanish poet (1897-1981) 

Translated from the Spanish by Roberto Hope

My Lord: I know that in the limpid morning
of this world, Thy generous right hand
the light made before anything else
so that all things their figure could display.

I know that they reflect Thee,
the immortal outlines of the rose and lily
better than the inebriated and disturbing
music made by the winds up in the welkin.

That is why I proclaim Thee in the cold
thinking, exactly to the truth subjected
and on the bank, without the river stirring

for all this, still and quiet, I adore Thee 
and for this, oh my Lord, my pain and sorrow
so they can reach Thee, turned into a sonnet.

sábado, 7 de abril de 2018

Veo en la rosa, de su sangre el rojo


Por Joseph Mary Plunkett, poeta irlandés (1887-1916)

Traducido del inglés por Roberto Hope

Veo en la rosa, de Su sangre el rojo
Y en las estrellas veo brillar Sus ojos,
Resplandece Su cuerpo entre la nieve
Y veo Sus lágrimas caer del cielo.

En cada flor, veo su Divino Rostro.
El trueno, el cantar del ave,
no son más que Su voz — y, con Su poder labradas, 
las rocas, Su voz escrita.

Todas las sendas han Sus pies trillado,
Su recio corazón el mar agita, siempre azotando,
Su corona de espinas trenzada en cada espina,
Y cada árbol, Su cruz.

miércoles, 28 de marzo de 2018

El Americanismo y el Colapso de la Iglesia en los Estados Unidos 

 Americanismo = Herejía 

Por el Dr. John Rao

Tomado de: http://www.traditionalcatholicpriest.com/
Traducido del inglés por Roberto Hope

 Parte IV 




Los dos Bandos Opuestos

Los portavoces Americanistas alenteron un número de contactos sensibles con no católicos, que aumentaron radicalmente la posibilidad de romper con la Iglesia. Rechazaban las peticiones de parroquias de lengua extranjera para inmigrantes y de una compartición étnica de obispados, independientemente del hecho de que una inmersión repentina en la cultura anglosajona pudiera significar también un ahogamiento en protestantismo. Algunos instaban a los católicos recién llegados a abandonar los centros urbanos para establecerse en el campo, donde el anti-romanismo reinaba. Muchos personajes Americanistas parecían avergonzarse de la idea de mantener un sistema escolar católico por separado, prefiriendo la educación estatal, suplida con instrucción religiosa. ¿Y qué de una exposición prolongada de los escolares, a profesoras que hayan sido educadas en un ambiente hostil hacia el catolicismo? Consideraban este problema una exageracíón.

Aun cuando nerviosos de una educación básica católica, soñaban con una universidad católica nacional, la actual Catholic University of America, que se hizo realidad durante los años 1880-90. Ésta era percibida por ellos como un instrumento para librarse del gueto, como un instrumento para alentar una contribución católica a la civilización americana en un espíritu de amistad. ¿Pero qué de la inclinación de la cultura nacional hacia la unanimidad, y de la probabilidad de que la “amistad” transformara a la intelectualidad católica en un grupo más de inconscientes aduladores de la línea de partido pluralista? ¿Y no había peligros en el llamado de los Americanistas a una colaboración católica y no católica en los sindicatos obreros?¿Podían los intereses de los trabajadores estar tan separados clínicamente de sus creencias personales, de manera que el ateísmo, protestantismo o catolicismo de un hombre no lo afectara de una manera significativa?

Los Americanistas, como ya fue observado, estaban mayormente motivados por su patriotismo a instar a establecer estos contactos y porque lo consideraban una necesidad práctica. Las entusiasmaba, tanto en lo público como en lo privado, su gratitud con los Estados Unidos por lo que sentían que los inmigrantes católicos habían ganado aquí. Trataban de demostrar a los católicos el aprovechamiento práctico que podían tener por la separación de Iglesia y Estado en los Estados Unidos Buscaban convencer a otros americanos de que una participación plena de los católicos en la vida nacional fortalecería aún mas a esta nación. Una vez que los Estados Unidos entraran en la competencia por adquirir colonias, muchos Americanistas se hicieron imperialistas fervientes. La Guerra Hispano Americana fue crucial para ellos, tanto como un medio de desplegar su patriotismo, como por la oportunidad que es daba de subrayar el valor de la contribución católica a la causa común.

¡Ay! Los Americanistas, como otros estadounidenses, fueron seducidos a confundir el verdadero patriotismo con la religión de la atomización, la democracia y el pluralismo. De la aceptación práctica y el uso de la singular experiencia americana en fueron conducidos a su glorificación como un bien superior en y por sí mismo. La adopción de la religión secular descrita en la sección anterior puede verse en declaraciones interminables y acciones simbólicas llevadas a cabo en los veinte años finales del siglo XIX. Está resumido de la mejor manera en una biografía del P. Isaac Hecker (1819-1888) fundador de los Paulistas, que se tratará más detalladamente más adelante.

Varios ejemplos bastarán para ilustrar my observación. Debido a que habían comenzado a ser atomizados en el sentido Puritano, los Americanistas con frecuencia no se alarmaban ante el prospecto de que se instara a los inmigrantes católicos a salirse de las ciudades. Veían a los Estados Unidos como un lugar en el cual los individuos ya no necesitaban los auxilios superficiales de sus antiguas comunidades católicas. Las culturas católicas más antiguas eran “débiles” y por lo tanto, comprensiblemente más dependientes de la autoridad, de directores espirituales, de milagros y de otras manifestaciones religiosas para mantener su espíritu. Eran de carácter “pasivo”. No es de sorprenderse que apreciaran las virtudes “pasivas” como lo obediencia, y que hubieran desarrollado tantas órdenes religiosas que se mantenían por votos perpetuos y métodos disciplinarios.

Ahora, sin embargo, América había creado el potencial para desarrollar individuos fuertes que podían ser “activos” en vez de “pasivos”, que fueran “ejecutores”, en vez de sirvientes obedientes. El Espíritu Santo se había volcado directamente en los auto-suficientes americanos de una manera que había querido hacer con los “pasivos” europeos. Por lo tanto, podían prescindir de ciertas ayudas autoritativas y visibles que otros pueblos católicos sí requerían. Como lo dijo un obispo americano en Lourdes, no ha habido apariciones de la Santísima Virgen María en los Estados Unidos porque los Americanos no las necesitan. Los Americanos católicos individuales podría sobrevivir más fructíferamente que aquéllos envueltos en el ambiente europeo medieval ricamente comunitario. Desafortunadamente, no entendía que estarían viviendo del menguante capital del pasado conforme se deshicieran de toda referencia a él.

De manera semejante, los Americanistas no estaben terriblemente temerosos de las escuelas estatales en los Estados Unidos porque suponían que las instituciones americanas estaban divinamente protegidas contra el error y el abuso. Más que ser productos de la necesidad, de la opción política y de la Constitución de los Estados Unidos, las libertades americanas y su separación Iglesia-Estado eran los más perfectos dones políticos y sociales que Dios hubiera dado al hombre. Eran magníficos por definición. Por lo tanto, nada que fuera guiado por ellos, como las escuelas estatales, podría jamás dañar al catolicismo.
Finalmente, el verdadero espíritu de los Americanistas está subrayado por el carácter de las declaraciones que hicieron acerca de la victoria de nuestro país en la guerra entre España y América. Los Americanistas mezclaron sus opiniones con el darwinismo social para expresar cuan natural fue en verdad esa victoria. Los pueblos latinos, argüían ellos, estaban sujetos a culturas decadentes y autoritarias. De ahí que aún tuvieran comportamiento pueril. América representaba una cultura superior, individualista anglosajona y su victoria dejaría libres a los habitantes del Caribe. Ciertamente, su victoria demostraba que el pendón de Dios y de la humanidad estaba en sus manos, América pronto habría de estar en un posición de poder esnseñar al mundo que la democracia, la separación de Estado e Iglesia y el rudo individualismo eran los mejores amigos del catolicismo,

Todos los elementos del Americnismo Puritano laicicizado están presentes en estas aseveraciones: atomización, desdén por Europa, y creencia en la misión divina de América. Desafortunadamente, la consecuencia de aceptar esta religión secular también comenzó a hacer su aparición: específicamente la minimización de la fe católica para hacerla encajar con un vago, insípido pluralismo fideísta. La insistencia en la superioridad de las virtudes “activas” como la del trabajo sobre las “pasivas” como la de la obediencia ya indican esta transformación. Así también lo indica la desatención del católico americano al arte y a la música. Asi también la voluntad de los Americanistas de presentarse en ceremonias en la Capilla de Harvard y en el monumento a Brigham Young en Utah. También el gesto de dar títulos dudosos como el de “La Religión Definitiva” a conferencias católicas por lo demás respetables ante el “Parlamento Mundial de Religiones”, que representa a todos, desde anglicanos hasta teosofistas y swamis.

Ninguno de estos acontecimientos fue pasado inadvertido por los opositores al Americanismo. Argumentaban que el Americanismo era, hasta cierto grado, simplemente un medio de adular el espíritu inaceptable de la vida americana. Los americanos no querían que lo sobrenatural interfiriera con sus vidas, insistían esos críticos, y los Americanistas estaban tratando de amoldarse a ellos declarando que sus intereses y aptitudes naturalistas eran motivaciones sobrenaturales de cualquier manera. El gobierno americano se había desarrollado de tal modo que había desterrado a la Iglesia de los asuntos políticos y sociales. Los laicistas ahora elogiaban este acontecimiento. Los Americanistas estaban tratando de congraciarse con esa gente, declarando la separación Iglesia – Estado como objetivo católico ideal. De hecho, lo que los Americanistas estaban diciendo era que las influencias protestante y de la Ilustración, como eran esas que habían construido los Estados Unidos, producen culturas superiores a las católicas. En lugar de menos autoridad y comunidad y manifestaciones sobrenaturales, argumentaban los anti-Americanistas, los Estados Unidos requerían de más de esto que lo que requerían otras naciones. La religión Americana sí proporcionaba algunas de las cosas que prometía, en particular beneficios materiales. Pero a menos que los Estados Unidos fueran permeados con lo sobrenatural, esta misma prosperidad expulsaría a Dios de la nación. Lo expulsaría no como un ateo lo desterraría, como una perversa superstición, sino como un ser sin consecuencias y superfluo que interfería con el consumo. Y lo haría bajo la envoltura de un lenguaje 

Tres cuestiones, más que cualesquier otras, llevó a la lucha entre los Americanistas y sus opositores a un punto crítico durante los años 1880s y 1890s, forzando a Roma a resolver el problema. Estas tres cuestiones fueron la Cuestión de los alemanes, el conflicto en la Catholic University y la publicación de la traducción francesa de la biografía del Padre Isaac Hecker escrita por el Padre Elliott.

La Cuestión de los alemanes entrañaba el debate sobre los esfuerzos de los católicos alemanes por proteger su identidad como grupo étnico. Se centraba alrededor de cuestiones de designación de obispos en los Estados Unidos con referencia a consideraciones étnicas, la factibilidad de parroquias de lengua extranjera y la cuestión de las escuelas católicas separadas. No enfrentaba a todos lo opositores del Americanismo desde el mismo lado de la barrera, ya que muchos anti-Americanistas sí creían en la necesidad, en última instancia, de una unidad de habla inglesa para este país. Lo que sí hizo eso, sin embargo, fue resaltar el poder de muchos de los portavoces Americanistas y demostrar la reverencia que le tenían a los Estados Unidos y a las instituciones americanas. Los alemanes se llegaron a amargar como resultado de este debate, tanto por lo que percibían que era una dominación irlandesa de la Iglesia y por la manera como algunos prelados Americanistas irlandeses parecían estar acusándolos de tener una mayor lealtad a Alemania que a los Estados Unidos. El hecho de que se hubieran llegado a hacer esfuerzos por el clero católico de llevar este conflicto de a iglesia a ser discutido ante el Congreso de los Estados Unidos era particularmente irritante. Muchos católicos alemanes se llegaron a convencer de que había tendencias heréticas y laicicistas que operaban tras bastidores y se dedicaron a exhibirlas a la luz pública.

Un segundo conflicto se centraba alrededor de la Catholic University. Desde antes de su nacimiento, la Catholic University había sido infestada de controversia que implicaba su propósito, su ubicación y su dirigencia. Un número de extranjeros habían sido contratados desde su inicio para trabajar como profesores en los Departamentos de Teología y de Filosofía. Muchos de los más directos entre ellos, incluyendo al P. Georges Périès, el P. Joseph Schroeder y Monseñor Joseph Pohle perciberon que la institución estaba siendo manipulada por una clique de Americanistas. El vigor con el cual atacaban las manifestaciones del espíritu Americanista las convirtieron en personae non grata en la Universidad. Con el tiempo acabaron siendo despedidos. Innecesario decirlo, asuntos personales tanto como cuestiones de substancia intervinieron en sus dificultades, pero eso está en la naturaleza del dilema humano. Una disputa Americanista / anti-Americanista estaba al fondo del problema. Al regresar a Europa, en revistas católicas francesas y alemanas, expusieron el carácter de aquéllo que  decían haber visto y oído en los Estados Unidos. Ellos también estaban convencidos de que se trataba de una sutil herejía.

Roma ya había concedido alguna credibilidad a las quejas de estos  hombres desde cuando todavía enseñaban en la Catholic University. León XIII había enviado un delegado apostólico a los Estados Unidos en 1893, el Arzobispo Satolli, quien había residido por un tiempo en el propio recinto universitario. Satolli llegó a compartir los temores

No obstante, la confrontación más importante que condujo a la intervención desde Roma surgió con la traducción hecha por el Abad Klein en 1897, de la biografía de Isaac Hecker escrita por el P. Elliott. El padre Hecker, fundador de los Paulistas, había sido partidario de “abrir las ventanas” hacia los Estados Unidos de una manera que recordaba a los Americanistas. Labradas en su lápida en la Iglesia de San Pablo Apóstol en Nueva York están sus propias palabras: “En la unión de la fe católica y la civilización americana... un futuro para la iglesia más luminoso que cualquier pasado”. El padre Klein, así como un número de “neo cristianos” renegados en Francia, sugería que el pluralismo y la separación Iglesia – Estado en América debería ser el modelo para los asuntos Europeos también. Esta universalización de lo que Roma reconocía ser una necesidad parroquial práctica en los Estados Unidos. Esta universalización de la cual los Americanistas también eran culpables, desató un debate serio tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo. Los exiliados de la Catholic University insistían que habían escuchado esta clase de argumentos todo el tiempo en los círculos académicos en los Estados Unidos. Los católicos germano-americanos lo entendían como un acompañamiento natural al anterior ataque contra su unidad étnica. Los proponentes del Americanismo parecían confirmar sospechas de sus intenciones viajando a dar conferencias en ultramar y comentando entre ellos el progreso de “El Movimiento”.

Sin embargo, los Americanistas negaban estar promoviendo el tipo de cosas que se hallaban en la biografía del P Hecker o en las declaraciones de los neo-cristianos. Insistían en que los europeos que los criticaban eran en realidad enemigos de los Estados Unidos. En cierto sentido, así era. Quienquiera que escriba o piense acerca del Americanismo inevitablemente tratará de analizarlo de una manera lógica. Debe organizar su análisis para llevarlo a cabo. Pero ya que uno de los aspectos esenciales del Americanismo es no tomar en serio las ideas y suponer que es simplemente apoyar un método práctico para alcanzar un bien, el Americanista, frecuentemente no ve la contradicción de la cual es culpable. Los Americanistas del Siglo XIX eran Católicos Romanos ortodoxos. Deseaban ser patriotas americanos. El patriotismo americano implicaba una adhesión incuestionable al Americanismo. Por lo tanto, trataban de ser católicos y Americanistas al mismo tiempo. Cuando se les explicaban las consecuencias lógicas de aceptar el Americanismo, reaccionaban de una manera típicamente Americanista: negaban la lógica. Ellos no tenían la intención de ser herejes. Por lo tanto, el Americanismo no podía ser una herejía, cuando proclamaba que los Estados Unidos eran el instrumento dado por Dios para la instrucción y el progreso del mundo. Además, los Americanistas estaban quizás en lo correcto al afirmar que sus enemigos eran enemigos de los Estados Unidos, pero sólo en el sentido en que los Estados Unidos y la religión Americanista se equiparan. He tratado de demostrar que esta equiparación no necesita tener lugar cuando existe una buena definición de patriotismo y de nación.


Roma encaraba un dilema desafortunado. El Americanismo era un error, pero parecía ser el caso de que sus proponentes no comprendían, ya sea el problema o el papel que jugaban en él. Entonces, Roma respondió de la única manera que parecía justa. Una carta, Testem benevolentiae fue enviada al Cardenal-Arzobispo de Baltimore en 1899, explicándole el peligro del Americanismo, absteniéndose de acusar a americano alguno de aceptar la doctrina, pero urgiéndoles a abandonarla si la hubieran aceptado. No fue esto suficiente para aplastar al monstruo.


(Continuará)

lunes, 12 de marzo de 2018

 El Americanismo y el Colapso de la Iglesia en los Estados Unidos

  Americanismo = Herejía  

Por el Dr. John Rao

Tomado de: http://www.traditionalcatholicpriest.com/
Traducido del inglés por Roberto Hope

 Parte III  

El Americanismo y la Iglesia Católica

El Americanismo tenía que reaccionar contra el catolicismo con peculiar virulencia. Ciertamente estaba obligado a hacerlo. El catolicismo representaba todo lo que reprobaban las influencias principales de la Religión Americana. La Iglesia condenaba la doctrina de la depravación total y las consecuencias seculares que de ella brotaban. Ella no desdeñaba el principio de autoridad, el valor de la comunidad, la maravilla de las artes, y la gloria del cuerpo humano. Por lo tanto, ella no las abandonaba a manos de las tendencias pecadoras del hombre para ser moldeadas a voluntad, sino más bien buscaba dirigirlas hacia su desarrollo correcto. Roma no vio necesidad alguna de elogiar el modelo de gobierno americano. La Iglesia se sentía en casa en la ciudad. Sus tradiciones estaban atadas al legado de la polis grecorromana y la cultura brillante de la villa medieval. Además, el catolicismo había nutrido durante mucho tiempo una diversidad de culturas nacionales dentro de esa verdadera (aun cuando difícil de definir) unidad llamada Cristiandad. A su manera de ver, la armonía no implicaba acabar con las diferencias étnicas ni una minimización de la verdad universal ni una adulación del materialismo. Estaba dispuesta a sacrificar una idea corriente de paz a toda costa, estrechamente interpretada, a fin de lograr una paz que sobrepasara todo entendimiento. Otras fuerzas encontradas por el Americanismo pudieran encarnar una o dos creencias “erróneas”, fácilmente desactivadas e integradas en el gris dogma del pluralismo, pero el catolicismo era el enemigo encarnado.


La antipatía americana hacia la Iglesia era expresada de tantas maneras como reflexiones personales había del alma nacional. Los brutos quemaban conventos e iglesias en Filadefia. Los hombres de religión evocaban imágenes de María I de Inglaterra, la llamada Bloody Mary, tomadas del Book of Martyrs de Foxe [así llamado popularmente, pero realmente intitulado Actes and Monuments, historia protestante que narra el sufrimiento de los protestantes bajo la Iglesia Católica, particularmente en Inglaterra y Escocia. — N del T]. Incitaban a sus congregaciones a conmiserarse de los tormentos supuestamente infligidos a monjas que permanecían cautivas en calabozos de conventos. Los políticos se pusieron a trabajar con los Know-Nothings [así llamados los miembros del anti-católico Partido Americano. — N del T], con la American Protective Association [sociedad secreta antí-católica. — N del T]. Los intelectuales, cultivando lo que algunos han llamado el anti-semitismo de las clases educadas, presentaban estudios en Harvard y en Yale sobre el inevitable conflicto entre al catolicismo y la dignidad humana. Ninguno de estos “tipos” tenían por qué temer reproches serios. Cada uno estaba poniendo el credo nacional en acción según sus habilidades personales. Si el enemigo de la Religión Americana no podía ser devorado, entonces tenía que ser humillado y destruido.

Para la segunda mitad del Siglo XIX, dos puntos de vista distintos estaban en obvio conflicto con relación a la mejor manera de proteger a la Iglesia y a los católicos de los Estados Unidos. Uno de ellos estaba convencido de que la lucha entre el catolicismo y la sociedad americana era innecesaria. Desde hace mucho tiempo ésta ha sido llamada la postura Americanista. Este título es justificable, como podrá verse claramente abajo, ya que los partidarios de la postura Americanista gradualmente se fueron acercando a la fe americanista descrita en la sección anterior. Tres nombres sobresalen entre los proponentes más significativos de esa postura: el Obispo John Keane de Richmond, durante un tiempo rector de la Universidad Católica; Monseñor Denis O'Connell del Colegio Norte Americano de Roma, y el Obispo John Ireland de St. Paul [Minnesota]. El punto de vista opuesto tomó una actitud mucho más critica de las posibilidades de un acercamiento entre los Católicos y los Americanistas. Puede simplemente llamarse la visión anti-Americanista. El Anti-Americanismo tenía un conjunto de partidarios muy flexible. Los dirigentes de los católicos de habla alemana lo proponían con frecuencia. También así lo hacían algunos miembros del profesorado de la Universidad Católica. Obispos tales como Corrigan de Nueva York y McQuaid de Rochester se sentían más cómodos con su escepticismo que con el optimismo de la escuela Americanista.

Hay al menos cuatro buenas explicaciones del desarrollo de la postura Americanista. Dos de ellas son “positivas” de carácter en el sentido de responder a problemas reales. Dos son “negativas” pues reflejan desafortunadas preocupaciones que deberían ser suprimidas.

Los dos estímulos para el desarrollo del Americanismo eran el deseo de tener un verdadero hogar, y la conciencia de la explotación de los extraños católicos por los nacidos en los Estados Unidos. Europa estaba demasiado lejos, argüían los Americanistas, e improbable de volver a verse nuevamente por el grueso de los inmigrantes católicos. El gobierno americano, las condiciones de trabajo americanas y los vecinos americanos proporcionarían la estructura para su existencia por el resto de sus vidas. Si vinieran guerras, los ejércitos americanos pudieran exigir su sangre. De ahí que, mientras más pronto cortaran sus lazos con su ya perdido pasado europeo, tanto más pronto dejaran de verse como extranjeros en tierra extraña, mejor sería para su tranquilidad, su prosperidad material y la paz de la Iglesia. Los americanos con guión siempre serían americanos a disgusto y mal respetados.

Dos influencias negativas estaban presentes, sin embargo, en la forma de una reacción dañina ante el estatus de los Estados Unidos como tierra de misión, y en las ambiciones particulares de algunos miembros de un grupo étnico católico — los irlandeses. Ambas exigen una atención completa y por separado.

Los Estados Unidos eran un país de misión de tamaño enorme, que estaba bajo la supervisión de Propaganda [Sacra Congregatio de Propaganda Fide] en Roma. Requería de una vasta cantidad de ayuda del exterior a fin de sobrevivir. Qué pocos recuerdan ahora, por ejemplo, el hecho de que el episcopado americano había sido en un tiempo fuertemente sazonado con prelados franceses y que la enseñanza en los seminarios en este país estaba sujeta a una tremenda influencia gala.

Una de las dificultades de ser país de misión es el hecho de que resulta dolorosamente claro que el centro de las cosas está muy lejano. No hay lugares sagrados; no hay confesores o mártires o reyes santos; no hay un desarrollo de música o de arte o de teología o de ninguna de las marcas distintivas de una avanzada civilización católica. Los países de misión con frecuencia están entregados a una carrera por dejar de ser lo que son y alcanzar, por decirlo así, el centro de las cosas. Esto, sin embargo, es una tarea complicada y puede — o de hecho tiene que — tomar siglos para lograrse, si ha de crear raíces profundas.

Un pueblo tan “práctico” y “orientado a resultados” como es el americano considera el movimiento lento imposible de tolerar. Los Americanistas, sensibles a esta mentalidad, eran semejantes en espíritu. Seguro ¡la buena voluntad y el ingenio debieran ser capaces de hacer que la historia se mueva a mayor velocidad! ¿Qué mejor manera de acelerarla que el encontrar en el alma de América, lecciones católicas acerca de las cuales el resto del Cuerpo Místico de Cristo no conocía? En otras palabras ¿qué mejor manera de acabar con el estado de país de misión que el declarar que la periferia es el centro? De esa manera, el resto de la iglesia podría ser vista como el verdadero territorio de misión y los Estados Unidos como su mentor.

La segunda influencia negativa es la más difícil de tratar, porque parece ser la condenación de un pueblo entero, el irlandés. No es así. Muchos irlandeses estaban entre los más vigorosos oponentes del Americanismo, y el problema que estoy por tratar pudo bien haber sido uno inconsciente para los que no lo eran. No obstante, una comprensión completa del Americanismo como fenómeno histórico exige tocar la cuestión irlandesa de una manera que algunos pudieran considerar ofensiva.

Los católicos americanos de ascendencia germánica o francesa eran generalmente de un nivel cultural más alto que los demás. Los alemanes, por ejemplo, habían planificado cuidadosamente su emigración y se establecieron cómodamente a su llegada, y con frecuencia mantuvieron su interés en las manifestaciones externas de la alta cultura católica. Los católicos irlandeses, perseguidos durante siglos por los ingleses, no podían hacer lo mismo. Su única ventaja en su nueva patria es que podían hablar el idioma. En tanto continuara el estado de país de misión de la Iglesia en los Estados Unidos, junto con su énfasis en las glorias de las antiguas tradiciones, los franceses y los alemanes retuvieron una atadura cercana con el centro de las cosas. Tan pronto como esa tradición comenzara a debilitarse, y la estrella de América comenzara a subir en la Iglesia, entonces la fortuna irlandesa podría subir con ella. La clave para entender las “enseñanzas” americanas sería el idioma inglés, no el cultivarse, y en este esfuerzo, los germanos y los galos podían ser superados. Irónicamente, como algunos lo han señalado, una conexión irlandesa con el Americanismo involucraría a los celtas en una glorificación del logro anglosajón “enemigo”.

Así como pueden señalarse influencias positivas y negativas en el desarrollo de la actitud Americanista, un conjunto dual de factores es responsable de la evolución de la postura opuesta. La hostilidad hacia el Americanismo era debida ciertamente a temores respecto a sus efectos sobre el corpus de las enseñanzas católicas y las prácticas de los fieles. También era el producto de ciertos celos acerca de los éxitos de los dirigentes Americanistas entre el segmento dominante de la sociedad de este país. Además, el orgullo étnico alemán y su sentido de superioridad cultural pudo también haber jugado un papel independientemente de las cuestiones involucradas.

Los Americanistas estaban probablemente en lo correcto al insistir en la necesidad de una participación católica incondicional en la sociedad americana. El catolicismo, después de todo, tiene una visión de participación completa en todas las formas de vida comunitaria. No es saludable para los católicos sustraerse de esta visión. Cuando se sustraen así tienden a crear comunidades sustitutas que los protegen temporalmente de la realidad que los rodea pero que no pueden dejar afuera permanentemente. Se vuelven sectarios en su comportamiento, a veces hasta enferman psicológicamente, como muchos seguidores de ciertos cultos protestantes. Cuando tiene lugar esta sustracción dentro de un ambiente ya protestante como el de los Estados Unidos, el potencial de locura es incalculable. La existencia de una sociedad no católica es siempre una tragedia, y una que mutila muchos de los mejores esfuerzos de lidiar con ella. Es concebible que una victoria completa de los anti-Americanistas pudiera haber entrañado el desarrollo de una verdadera mentalidad de gueto con impredecibles consecuencias heterodoxas laterales. También es concebible que podía haber dejado a la iglesia en los Estados Unidos como una serie de iglesias coloniales dependientes de gobiernos y tradiciones extranjeros, incitando así temores nativistas bastante racionales.

No obstante, el entusiasmo y el tipo de argumentos con los cuales los Americanistas promovieron la difícil empresa de establecer contacto con la sociedad americana manifiestan su ineptitud para la tarea. Parece haber quedado bastante claro que su deseo de “encajar” en la vida americana les causó hacerse demasiado despreocupados de los peligros de caer en un “resbalón” en la fe: que al manifestar su “patriotismo” comenzaron a profesar la “religión” de los Estados Unidos, y que, finalmente, su adopción de esta falsa religión patriótica comenzó a hacerles doblegar su catolicismo a las exigencias de la cultura anodina y pluralista que los rodeaba. En otras palabras, fueron conquistados por el Americanismo y se hicieron portavoces de su conquistador.

lunes, 5 de febrero de 2018

El Americanismo y el Colapso de la Iglesia en los Estados Unidos

Americanismo = Herejía

Por el Dr. John Rao


Tomado de: http://www.traditionalcatholicpriest.com/
Traducido del inglés por Roberto Hope


Parte 2



La Herejía Americanista

Estamos ahora en posición de definir el Americanismo. Americanismo es una religión que se ha desarrollado con la ayuda de ambos elementos principales del “alma” americana — el puritanismo secularizado y el conservadurismo anglo-sajón. El Americanismo es una religión que idolatra a los Estados Unidos como la encarnación de la visión puritana secularizada del paraíso. Es una religión que simultáneamente adora la insulsa unidad multi-funcional materialista que proviene del anhelo anglo-sajón por la estabilidad, y la integración. El Americanismo es una religión evangélica que desea que el resto del mundo sea convertido a sus doctrinas, y las predica bajo el título de Pluralismo. Aun cuando sus dogmas son tan irrefutables como los marxistas; aun cuando, inevitablemente revoluciona a las sociedades que controla, se disfraza como algo que no es otra cosa que un método práctico de alcanzar  la buena vida. El Americanismo combina sutilmente el carácter ideológico del puritanismo con el desdén anglo-sajón por las ideas. El patriotismo en los Estados Unidos es la devoción a esta compleja religión Americanista-Pluralista.

Examinemos los diferentes aspectos de esta religión en mayor detalle. La fortaleza del elemento puritano secularizado es indisputable. Pocos se atreven a desafiar la noción de que los Estados Unidos tienen la misión divina de proteger la libertad atomizada, el pluralismo y la democracia. La fe Americanista es evocada en toda ocasión ceremonial por todas y cada una de las facciones políticas en su propia y singular manera. Está grabada en los monumentos nacionales y en la leyenda patriótica. El culto conservador de la Constitución como un documento dado por Dios lo refleja. También lo hace la doctrina Monroe, la cual define que el Nuevo Mundo queda dentro de la esfera de influencia de los Estados Unidos, no por razón del interés propio, sino como un medio de forjar un segmento “verdaderamente libre” del globo terrestre. El simbolismo de la Estatua de la Libertad, la adulación del capitalismo sin restricciones y el espíritu que está detrás de la American Civil Liberties Union son distintas manifestaciones de la misma definición religiosa del fin y la gloria de los Estados Unidos. Además, la manera fideísta en que se enseña esta religión americana, una que no permite investigación ni discusión de los principios sobre los que se apoya, es tan clásicamente puritana como la influencia histórica de los “predicadores” — primero ministros y luego, en forma secularizada, profesores, psicólogos, periodistas, etc. — en la interpretación de la verdadera voluntad del individuo supuestamente autónomo.

Puritanos y puritanos secularizados que controlan los principales organismos educacionales y de propaganda en los Estados Unidos hicieron mucho por asegurar que penetrara la visión de una misión evangélica para los Estados Unidos, especialmente después de la derrota de la aristocracia sureña, cuyo carácter peculiar y desafortunado era un obstáculo para esto. No fue, sin embargo, el único factor que ayudó a esa penetración. De hecho, ciertas cualidades del esfuerzo de integración también contribuyeron indirectamente a fortalecer la visión del papel de los Estados Unidos en el mundo. Así, por ejemplo, los grupos de inmigrantes que llegaban estaban agradecidos en un buen sentido patriótico por los beneficios materiales reales que habían obtenido como resultado de ser aceptados aquí. Todos ellos estaban demasiado ignorantes del precio que en última instancia habrían de tener que pagar en términos de felicidad verdadera a cambio de la posibilidad de consumir bienes que realmente no necesitaban o que inicialmente no deseaban. Los Estados Unidos, para ellos, era la tierra de leche y miel. Como los poderes fácticos sostenían que la democracia atomizada y el pluralismo constituían el fondo esencial para esos beneficios, los inmigrantes dieron su genuino apoyo a la Religión Americana. Estaban demasiado cansados tratando de alcanzar el éxito, para darse cuenta de la farsa que en verdad era su supuesta libertad. El mito de la libertad americana se volvió su propio mito. También la insistencia “integracionista” en el trabajo y el éxito material, aun cuando no intrínsecamente anti-patriótico en el antiguo sentido de la palabra, ayudó en la práctica al puritanismo secular anti-patriótico. Forzó a los hombres a actuar como átomos, a bajar su mirada, de dirigirla Dios a dirigirla a sus pólizas de seguros, a alejarse de los centros de vida comunitaria, sin reparar acerca de los costos emocionales que ello implicaba, con tal de que pudieran ganarse un dólar en alguna otra parte. El constante recoger las pertenencias y partir, que por tanto tiempo ha sido una parte del llamado Estilo de Vida Americano, tenía que destruir la tradición, la autoridad y el sentido de entrega, en una manera que ayudó a la causa puritana secularizada.

Americanismo, sin embargo, también significa una devoción “religiosa” a las insulsas consecuencias del anhelo anglo-sajón de estabilidad. Implica no sólo una dedicación a la causa de la libertad atomizada, sino un rechazo de las ideas firmes y del comportamiento divisivo que puede resultar de ejercer realmente la libertad. El resultado ha sido que el Americanismo exige simultáneamente la dedicación a una diversidad atomizada y a una unanimidad integracionista. Aun cuando se encomia el individualismo, en realidad se espera que un americano lo evite como la plaga. El protocolo americano insiste en una danza macabra, un ritual insensato de regocijarse de la libertad pero amoldarse dócilmente como borregos, sea en política, en el trabajo, o en su comportamiento privado. La paradoja inherente ha sido aparentemente resuelta mediante el insistir en desviar la “creatividad” individual hacia el desarrollo de vulgares tonadillas publicitarias, de ropa unisex, y de fórmulas intelectuales generales e insípidas para todo, desde la filosofía hasta la política exterior. Aquéllos que siguen el patrón prescrito son elogiados por ser tanto, hombres con convicciones, como jugadores en equipo; a aquéllos que lo rechazan, se les ridiculiza para sacarlos fuera del escenario, o se les excluye de la sociedad de la gente decente por locos. Los extranjeros más viejos, expuestos a este horror, con frecuencia se desconciertan (aun cuando sus hijos han asimilado las lecciones y aprendido demasiado bien los pasos de la danza macabra.) La mayor parte de los americanos ni siquiera se dan cuenta, ni tampoco los extranjeros que han crecido bajo el hechizo desde que nacieron. El puritanismo secularizado ayuda indirectamente a la adulación de la unanimidad, exactamente igual como el sentido conservador anglo-sajón ayuda indirectamente al crecimiento de la atomización. Los filistinos y pervertidos que constituyen los paladines de la creatividad Americanista no sabrían lo que verdaderamente significa el individualismo aun si su vida dependiera de ello.

El Americanismo promovió una atomización que desdeñaba la verdadera vida comunitaria con su panoplia de autoridades y tradiciones, como la peor de las plagas. Esta atomización no entendía qué tan necesaria es la comunidad para salvar al hombre de la locura. Cuando esta atomización infectó la vida en el campo, donde ese respeto era grande muchas veces y donde quizás era más esencial, hizo la vida rural intolerablemente solitaria. Ahora ha creado el suburbio. Ha penalizado a aquéllos que se alejaron de la comunidad estructurada de la antigua ciudad, por la “libertad” del mundo exterior, con la miseria de las vidas gastadas en viajar en super carreteras y en recorrer centros comerciales sin alma. El afan por un espacio individual ha llevado a la creación de vastas extensiones de monotonía por todo el largo y ancho del territorio. De manera parecida, aquéllos que querían permanecer en las ciudades se veían forzados a excusarse de su comportamiento, refiriéndose a “necesidades personales”, “estilos de vida particulares”, y un espíritu de autosuficiencia igualmente corrupto. Este “individualismo” ha sido coronado con un insufrible y repulsivo afán por estar a la moda. Si el atomizado residente de los suburbios sigue a la manada de borregos en su vulgaridad, el que reside en la ciudad es como una máquina en su obsesión por las novedades culturales y pseudo intelectuales. El Americanismo en gran parte es un principio de muerte, de eutanasia de por vida. 

Son cuatro los principales problemas con el Americanismo, todos los cuales han sido mencionados arriba, y que ahora deben resumirse. El Americanismo es una religión falsa, un fideísmo disfrazado de ser meramente un método práctico de lograr la paz en medio de la diversidad y de alcanzar una vida libre y feliz. En vez de traer paz y libertad, asegura el triunfo de la voluntad vulgar e irracional. Este peligroso fideísmo destruye el patriotismo y la nación. Tiene el mismo efecto sobre la religión seria — especialmente sobre la religión verdadera, la fe católica. Examinemos cada uno de estos cuatro problemas en su orden.

El Americanista normalmente sostiene que el gobierno y el estilo de vida americano son simplemente caminos prácticos y efectivos hacia la felicidad humana. También insiste en que no son “doctrinarios” y que son de carácter “neutral” en virtud del hecho de que ofrecen a todo punto de vista posible una oportunidad de florecer. Pero hemos visto que éstas son falsificaciones de la realidad. América está atada al pluralismo, el cual es una forma evangélica del puritanismo secularizado, y esta moldeada por la tradición anglo-sajona también bajo presión de la inmigración. Este pluralismo echa abajo la dedicación a cualesquier otras ideas, estableciendo una armonía puramente materialista entre los pseudo-individualistas. Se ha vuelto uno de los medios más efectivos de opresión, reprimiendo, como dice Marcuse, a través de tolerarlo todo hasta el punto de quitarle todo significado y, consecuentemente, hasta su muerte. No comenzó para la humanidad con los Estados Unidos y la Constitución Americana ningún nuevo orden de eras que sea beneficioso. Lejos de proporcionar alguna forma de gracia especial para transformar a los hombres (lo cual sólo los sacramentos pueden dar), América y el Pluralismo Americano presentan un ejemplo de las funestas consecuencias lógicas de ciertas ideas y tendencias ya añejas, bajo las comprensibles pero lamentables circunstancias de la Historia Americana.

Pero lo que nos ocupa aquí es el hecho de que el Americanista ha hecho un acto de fe en la capacidad singular de las instituciones americanas de alcanzar el bien, y de que no se percata de que, en realidad, él se ha vuelto un ideólogo. Esta ceguera es enteramente comprensible. El Americanismo no parece ser una religión porque tuvo que adoptar el lenguaje del pragmatismo para florecer en un país anglo-sajón que desdeña las ideas. No parece ser una religión por la forma anglo-sajona, sutil, generalmente no coercitiva, en que hace su labor.

El hecho de que el Americanismo sea una religión, y que muchos americanos no vean detrás de esa pragmática máscara, es favorecido enormemente por su carácter fideísta. El fideísmo no es una fe que busque comprenderse como lo es el catolicismo, que es respetuoso tanto de la teología como de la filosofía, de la revelación y de la razón. El fideísmo, en cambio, prohíbe toda investigación de sus fundamentos medulares y de las dificultades que éstos plantean. Esto es precisamente lo que hace el Americanismo. Defiende y promueve la veneración de los Estados Unidos como Dios-Sacramento-Teología de la Liberación-Instrumento Pragmático, repudiando todo medio posible de investigar y criticar los diferentes aspectos del Estilo de Vida Americano. Uno requiere de todas las disciplinas, sobrenaturales y naturales, para exponer los errores del Americanismo, ya que ha desarrollado una malla de factores históricos, sociológicos y psicológicos. Pero el carácter bilateral del error — puritano secularizado y anglo-sajón conservador — que se combinaron y acabaron por fundirse en una fe fideísta disfrazada, opera en contra de un estudio completo de su esencia y forma de operación. Si uno ataca sus fallas lógicas sobre bases teológicas y filosóficas, responde refiriéndose a su naturaleza puramente pragmática, arguyendo que no debe tomarse a un nivel abstracto sino solamente como un método práctico para establecer la paz y la libertad en medio de las fallas irracionales de los acontecimientos humanos. Si uno toma en serio estos argumentos y encuentra defectos en el Americanismo a un nivel práctico y pragmático, sobre la base de sus frutos históricos, sociológicos y psicológicos, entonces apelan a su exaltado papel como el único medio de lograr la felicidad del género humano. Si uno entonces vuelve al ataque a un nivel abstracto, comparando la “verdad” del Americanismo con otras verdades, el pluralismo pragmático entra al quite denunciando los efectos divisivos prácticos de tal investigación. Exhorta a todo mundo a apartar su mente de las nubes y enfocarse en algo concreto, de sentido común y verdaderamente útil. Así pues, el desgraciado enemigo del Americanismo se ve llamado simultáneamente romántico, ingenuo, cínico, apático, perezoso, misantrópico, ansioso de desmoralizar a la gente sencilla, virtuosa y de sentido común y, para colmo, seguramente es también totalitario. El resultado es poner una venda sobre ojos de la gente. Insistir en que acepten como una doctrina irrebatible lo que los escritos Americanistas sostienen que son los Estados Unidos; al mismo tiempo que niegan que esas en verdad sean doctrinas, pero también al mismo tiempo que prohíben la utilización de todas las herramientas racionales que revelarían el fraude que está operando. La única herramienta “racional” que el fideísta permite usar a fin de entender y “criticar”al Americanismo es recitar los postulados mismos del Americanismo. Y éstos, por supuesto nada ofrecen más que elogios. 

Un segundo problema que debe ser subrayado aquí es que, en vez de dar paz y libertad, el Americanismo asegura el triunfo del tipo de voluntad baja e irracional que las destruye ¿Por qué? Básicamente por ese desdén hacia y hasta odio de las ideas y de la autoridad racional, que opera en el puritanismo, en el puritanismo secularizado así como en la mentalidad anglo-sajona, privada de una dirección católica consistente. Los que apoyan el Americanismo nos hacen referencia a los fundadores de los Estados Unidos, un estudio de los cuales realmente demuestra mucha de la dificultad. James Madison, en los Documentos Federalistas, habla con confianza sobre la capacidad de los Estados Unidos de lograr la paz debido a la “multiplicidad de facciones” que existen dentro de sus fronteras. Llega a argumentar que se promueva esta multiplicidad de facciones, ya que esa promoción tendrá como resultado el que ninguna facción podrá jamás adquirir poder sobre las demás. Una guerra permanente de todos contra todos va a inhibir y equilibrar a cada una de ellas, conduciéndolas hacia una mutua anulación, garantizando así el mantenimiento continuo del orden público existente (y a una aristocracia privada). 

Esta actitud presupone demasiado. En primer lugar, presupone que una sociedad humana puede, y quizás hasta debe, construirse sobre la base de una división, y no sólo una división, sino una lucha entre las partes divididas que no se permite que se concluya. La cuestión es, por supuesto, si a la larga ésto no habría de causar que los varios grupos, luchando entre ellos mismos, ya sea reconocer la inutilidad de su lucha y uniéndose para conseguir algunos objetivos opresores comunes, o adoptar nuevas tácticas imprevistas para conseguir su propia y desagradable victoria.

El considerar esta cuestión nos lleva a señalar otra falsa presunción que obraba entre los Fundadores, y que es importante para entender las fallas del argumento de Madison: la suficiencia de la visión dieciochesca anglo-sajona de “sentido común”, de la realidad para proteger un orden público que también es bueno. Como se dice arriba, esta visión de la realidad fue a su vez moldeada por el concepto puritano y puritano secularizado de la vida que entendía que los hombres son depravados, individuos atomizados en pugna con la autoridad. La apreciación entre los fundadores, de las consecuencias de este concepto bien pudiera haber estado limitada por la propensión anglo-sajona a no investigar las ideas demasiado seriamente, por la conservación de muchas antiguas formas externas en medio de un cambio negativo (como sucedió con la misma iglesia americana), y por resabios de influencias católicas o clásicas que siguen operando en la sociedad. Pudieran no haber deseado las consecuencias de estas ideas, pero sus deseos no son aquí el problema. La cuestión es si las ideas puritanas y puritanas secularizadas tienen consecuencias lógicas del tipo que he indicado; consecuencias que otros hombres pueden “desear” sacar y aplicar a la vida.

Y esto, como lo hemos visto, sí lo desean. La atomización del hombre y de la sociedad humana multiplica las facciones más y más. Las más comunes y exitosas de esas deseosas facciones son aquéllas que el sistema americano estaba dispuesto a producir por su historia (o sea, sexual, comercial y lunática). La misma razón es rechazada como guía ya que también se le considera una autoridad opresora. Todas estas facciones invocan sus voluntades irracionales para justificarse a sí mismas y sus estilos de vida, en tanto que el significado de “sentido común” se expande para permitirles hacerlo, ya que su supresión podría ser “divisiva” y trastornar la paz. En una lucha de voluntades irracionales, se usarán tácticas que podrían no ser “de sentido común” según  los Fundadores, pero que se juzgan que están bien en un mundo atomizado que expone a la gente a tentaciones perpetuas. Un partidario de los Fundadores es reducido a insistir que ésto no es lo que ellos querían que pasara — en otras palabras, es reducido a recurrir a su voluntad. Recurrir a la voluntad aun en su caso no es para sorprenderse dado que una investigación racional de lo que entendían por “sentido común” revela las semillas de los mismos males y frutos destructivos que ahora vemos a nuestro alrededor. Pero en la lucha entre la multiplicidad de facciones guiadas por voluntades irracionales, los más fuertes triunfan, y las facciones del siglo XX son a la vez más fuertes y más lógicas en su empecinamiento que aquéllos de los años 1700s. Por supuesto, los Americanistas nunca reconocerán la realidad de lo que está pasando a su alrededor. Seguirán refiriéndose a lo que dijeron y escribieron los Fundadores, sin tomar en consideración los factores que nos dicen lo que sus juicios realmente han significado en la práctica  Esconderán la verdad bajo el tapete por defender su fe fideísta, y de esa manera harán imposible ese anhelo cotidiano de actuar de manera justa, que arguyen se ha hecho innecesario por la apertura mecánica y las garantías constitucionales del pluralismo

En tercer lugar, el Americanismo destruye el patriotismo y la nación. Aquéllos que lo aceptan y que están verdaderamente interesados en las ideas tomarán en serio sus elementos puritanos secularizados, y verán que es su deber patriótico el apoyar a cualquiera que sea “dañado” por unos Estados Unidos que traicionen su “misión” de hacer libres a los pueblos. Por lo tanto, voluntariamente ayudarán a enemigos declarados del país en varias partes del mundo y a destruir a sus amigos constantes, si creen que aquéllos invocan el pluralismo y éstos lo rechazan. A pesar de horrendas consecuencias estratégicas, verdaderamente destructivas de la nación concreta ¡los ideales americanos y la pureza americana debe honrarse! mientras tanto, los americanos que entienden lo que verdaderamente es una nación y que quieren proteger a los Estados Unidos en sus legítimos intereses propios en un sentido tradicional, son descaminados por las influencias Americanistas hacia aguas peligrosas. Así, por ejemplo, presuponen que los deseos prácticos de toda otra nación deben doblegarse para encajar con los nuestros. Pues ¿no los Estados Unidos, por definición, defienden lo que es bueno? Podría, en ocasiones específicas. Pero aunque lo haga, uno debe siempre reconocer que hay también diferencias nacionales legítimas que durarán hasta el fin de los tiempos, y son precisamente estas distinciones que un verdadero sentido patriótico discierne y respeta en otros pueblos. A veces esos americanos creen que la única razón de nuestra lucha con la Unión Soviética eran nuestras diferentes instituciones políticas y sociales — ¡como si el exagerado poder militar ruso hubiera sido una mera nimiedad sin el Marxismo-Leninismo! El Americanismo los ciega al hecho de que las naciones lidiaban guerras desde antes de que existieran las ideologías y seguirán haciéndolo hasta que desaparezcan. Y, finalmente, hay verdaderos patriotas que son también respetuosos de la integridad de otras naciones. Para su sorpresa, descubren que toda la fuerza del mensaje Americanista está dirigido hacia ellos y a la expresión de su verdadero amor por la tierra y su interés por la independencia de todas las naciones ¿Por qué se sorprenden? Porque nadie les ha señalado la existencia del Americanismo

El resultado es que el Americanismo nos hace hombres sin patria, igual como nos hace hombres sin un estado con autoridad, sin una red de instituciones reales con tradiciones y esprit de corps, hombres sin una historia. El Americanismo busca reemplazar a la nación con una ideología, al patriotismo con una religión fideísta. Pero una ideología no puede tomar el lugar de una fe, el de un estado, el de una ciudad, el de una familia y el de todo lo demás de importancia para la vida de una nación; no puede tomar el lugar de una verdadera nación. Y por lo tando, deja al americano suspendido en un limbo que los Americanistas nos quieren hacer pensar que constituye un modelo del cosmos en conjunto.

Por último, recordemos que esta fe fideísta disfrazada de patriotismo es una cosa muy celosa que no puede tolerar competir con una verdadera religión. Por supuesto, nunca reconocería representar un problema para la religión, tal como tampoco reconocería ser un problema para la razón, precisamente porque no se ve a sí misma como es realmente. No obstante, labora ferozmente contra cualquier fe que la contradiga. No puede descansar hasta que ya ha vaciado toda sustancia de los credos que se le oponen. Pero al operar de la manera sutil como lo hace, prefiere destruir por la vía de la re-interpretación: permitiendo y aun promoviendo la supervivencia de sus opositores, siempre y cuando éstos redefinan sus creencias y sus objetivos siguiendo la línea pluralista Americanista. Y habría de hallar su oponente más serio en la Iglesia Católica Romana y su mayor victoria en conquistarla y taparle los ojos para producirle el mayor colapso.

domingo, 21 de enero de 2018

El Americanismo y el Colapso de la Iglesia en los Estados Unidos

Americanismo = Herejía

Por el Dr. John Rao


Tomado de: http://www.traditionalcatholicpriest.com/
Traducido del inglés por Roberto Hope

Parte 1

Introducción

Americanismo es un término que parece indicar no otra cosa que una devoción a los Estados Unidos de América. En realidad, el Americanismo enseña principios y una forma de vida que representa, y siempre ha representado, una amenaza para la Iglesia de Roma. En efecto, la amenaza que representa para el catolicismo pudiera ser la más peligrosa que la Iglesia haya experimentado en los pocos siglos pasados de revolución. Su calidad perjudicial surge de la sutil y efectiva transformación de los Estados Unidos en una nueva religión, cuyo dogma central del “pluralismo” no puede ser investigado ni cuestionado: una nueva religión de cuyo credo se dice que es puramente “práctico” y “pragmático”, pero que en realidad busca una reconstrucción mesiánica del mundo entero: una nueva religión que no admite oposición a su voluntad.

El colapso de la causa católica en los Estados Unidos puede ser atribuido en gran medida a un error comprensible, del cual los americanos católicos patriotas han sido víctima. El Americanismo les fue presentado como algo que entrañaba nada más que un amor a la patria, digno de elogio, con metas prácticas y pragmáticas. Se lanzaron por entero a su defensa bajo el supuesto de que su deber cívico lo exigía, y que el no hacerlo daría apoyo a los enemigos de la patria. Pero lo que de hecho recibieron en nombre del patriotismo y del pragmatismo fue una serie de instrucciones para su suicidio religioso y cultural. Los católicos siguieron esas instrucciones, sustituyendo su fe verdadera con la religión del Americanismo, generalmente sin siquiera reconocer que eso era lo que estaban haciendo y, de hecho, regocijándose generalmente de su auto-destrucción a cada paso en el trayecto.


Nada podrá lograrse por la causa de la Iglesia (e, irónicamente, tampoco por la causa del patriotismo) hasta cuando los católicos lleguen a entender la naturaleza de la fuerza que los está matando. Una apreciación plena de la profundidad de la oposición del Americanismo con el catolicismo, puede, sin embargo, alcanzarse sólo mediante una discusión de problemas históricos que se arrastran desde hace siglos. La clarificación de esos problemas debe ser una encomienda de dos etapas. Deberá comenzar con un examen de lo que pudiera llamarse el “alma” de los Estados Unidos de América, y las formas en que el carácter de esta “alma” ha dictado el desarrollo sutil de una religión fideísta, pseudo-patriótica, pseudo-pragmática. Luego, deberá enfocarse sobre  los diversos intentos de una Iglesia “extranjera” para conciliarse con este culto verdaderamente anti-patriótico. La controversia católica particular que circunda el surgimiento de una herejía Americanista en la segunda mitad del Siglo XIX deberá tratarse en el contexto de esta segunda fase de mi argumento.

Sólo una vez que el antecedente histórico haya sido planteado será posible comprender el atractivo del “plato de lentejas” que ha conquistado al católico contemporáneo — clérigo, religioso y laico — y la facilidad con la que la Iglesia en los Estados Unidos ha perdido su propia alma y elogiado su suicidio como una gran victoria. Sólo una vez que se haya puesto en claro qué tan profundamente arraigado está realmente el problema, pueden sus actuales consecuencias mundiales juzgarse adecuadamente y la pregunta formidable plantearse de nuevo: ¿qué debe hacerse? 



I. Patriotismo y el alma americana.

¿Qué es exactamente una “nación”? Ésta es en sí misma una pregunta difícil y una que se ha complicado por la ideología revolucionaria de los últimos dos siglos. Baste decir por el momento que es una amplia comunidad, dentro de la cual el individuo siente la presencia del “hogar”. Es la estructura cuyo lenguaje, geografía, instituciones, pasado y pueblo evocan imágenes familiares y afectuosas.

No necesita uno decir que una nación dada haya sido predestinada históricamente a ser lo que ahora es, o a tener sus actuales fronteras, para reconocer que una “cuna” así es esencial para el bienestar del hombre. Aun cuando es el individuo y sólo el individuo el que se gana su salvación, el individuo siempre alcanza esta meta dentro del contexto de un número de distintas comunidades: sociedades que incluyen a su familia, su escuela, su lugar de trabajo, su gremio y hasta sus círculos. Cada uno de ellos lo enriquece como persona en distinto grado, mediante el desarrollo de necesidades psicológicas, y encarnando deberes morales en específicas y enfáticas formas. Cada uno le señala a él lo que es Verdadero, lo que es Bueno y lo que es Bello, pero desde perspectivas diferentes.

La “nación” proporciona la estructura para el desarrollo de todas estas necesidades y deberes morales, y es también el símbolo necesario de la unidad de un serio “hogar”. Si un hombre no pertenece a una unidad real de este tipo, a la cual esté dedicado y por la cual se sacrifica por constituir una estructura crucial para su existencia, comienza su peregrinar por la vida con sólo la mitad del equipaje vital para su trayecto. Un hombre sin patria es como un hombre suspendido en el aire, porque carece de las cosas concretas que una nación ofrece — un poblado, un lenguaje, una forma de vida, y una manera de proporcionarlos — a fin de lograr aun sus tareas más básicas ¿Que hay problemas inherentes a la relación individuo-nación? Muchos, porque uno podría ser tentado a quebrantar el código moral para beneficio de su país, igual que uno puede extraviarse en interés de su propia familia. ¿Las dificultades que engendra justifican abandonarla? No más que los crímenes que puede cometer un padre por el bien de sus hijos legitiman que se rechace la estructura familiar. 

¿Cómo determina uno la calidad peculiar de una nación dada, en oposición a las naciones en general? Examinando lo que he elegido llamar su “alma”. Esta musa o espíritu puede identificarse a través de los claros medios que Dios ha dado a todo hombre para entender el mundo que lo rodea. Se percibe con el estudio del lenguaje, la literatura, las leyendas y los hechos históricos que acompañan la fundación de una nación. Se entiende a través de los hechos de sus grandes hombres, sus artes, sus costumbres, y hasta su cocina. El estudioso que se adentra al “alma” de una nación llega a sentir las presuposiciones básicas y el modus operandi de su gente. ¿Hay problemas con esta búsqueda del alma de una nación? Demasiados para enumerarlos todos. Es fácil sustituir el sentimiento o la intuición mística por la razón durante esa búsqueda. Uno puede fácilmente justificar un comportamiento ilícito con referencia a las demandas de un espíritu nacional peculiarmente inspirado. ¿Las dificultades que eso engendra justifican su abandono? No más que los errores que se hacen al identificar el carácter de una familia en particular exigen rechazar la noción de que, de alguna manera, es distinta de toda otra “comunidad” de hombre, mujer e hijo. Uno debe simplemente estar preparado para someter sus descubrimientos al tribunal de la Iglesia de Cristo, al juicio del Cuerpo Místico que siempre ha respetado y alentado las verdaderas distinciones entre las naciones.

El “alma” de América ha sido formada por muchos factores, de los cuales dos son cruciales para la discusión presente. Por una parte, ha sido formado, en gran medida, por el intento de unir a una multitud de grupos étnicos bajo una tradición inspirada por la experiencia inglesa. Por la otra, ha sido construida sobre un fundamento protestante puritano. Ambos de estos factores se han fusionado, formando un “alma” llena de contradicciones, que pocos tienen voluntad de analizar o están siquiera conscientes de su existencia. Estas contradicciones y dificultades son particularmente evidentes en relación con la cuestión de “nación” y “patriotismo”. Aun cuando en la práctica tales influencias no pueden separarse clínicamente, es necesario hacerlo por claridad teórica. Una separación clínica revelará que el primero de estos factores ha mermado seriamente la calidad del carácter de nación en los Estados Unidos, en tanto que el segundo ha puesto obstáculos en el trayecto de la condición de nación en y por sí misma. Su operación en tándem creó una confusión que ha permitido el desarrollo del Americanismo y su entrada en la vida de la Iglesia.

Una comprensión clara de la primera de estas influencias formativas requiere de un breve repaso del “alma” inglesa. Inglaterra es una nación que ha sido marcada por un conservadurismo más profundo que quizás cualquier otra nación de occidente. Todo lo que cause cambio o agitación generalmente provoca un profundo sentimiento de ansiedad en la mente inglesa. Esto es tan cierto en cuanto al pensamiento como a la acción. Divergencias serias de pensamiento han sido usualmente vistas por los ingleses como algo que tiene consecuencias desestabilizadoras, que los inspira a auto-censurar el llevar las ideas a sus conclusiones lógicas. No es accidente que la Revolución Protestante en Inglaterra creó la Iglesia Anglicana y la “vía media”, con su intento de combinar la nueva religión con mucho de la antigua. No debe uno sorprenderse de que la Ilustración en Inglaterra no dio lugar a un caos político, sino más bien a un esfuerzo por modificar el cristianismo y establecer ese protestantismo liberal que enmascara una pérdida de fe detrás de formas de culto y de gobierno eclesiástico externamente tradicionales. 

Hay poco misterio en el hecho de que los filósofos ingleses han sido con frecuencia anti-filósofos, en el sentido de que han buscado demostrar que las ideas no tienen un significado intrínseco y que toda la empresa filosófica no es más que un juego de palabras. No es de sorprenderse que la literatura, con su revelación del hombre no-racional, habla más del genio de la nación inglesa que la metafísica. El espíritu inglés de desconfiar de las ideas como un canal de cambio impactó tanto a los editores jesuitas de La Civiltá Cattolica en el siglo XIX, que argumentaron que una prensa libre en Inglaterra no podía significar la misma cosa que en una nación latina. La búsqueda latina de claridad y diferenciación, insistían ellos, llevaba a los pueblos del continente a acciones lógicas que pocos ingleses habrían estado dispuestos a tolerar. Un deseo innato de estabilidad les impedía tomarse a sí mismos — o a cualquier otra cosa — demasiado en serio. Si la virtud de este espíritu radicaba en la unidad que producía, su vicio radicaba en su banalidad potencial. Por fortuna, como lo han argumentado muchos teóricos políticos católicos, Inglaterra irreflexivamente preservó tanto de lo que era sensato y católico en espíritu, que lo banal nunca se apoderó de la cultura de ese país por lo general.

Los Estados Unidos en gran medida heredaron este profundo conservadurismo inglés. También han siempre deseado la estabilidad y tenido aversión al cambio. Tan pronto como estuvo en posición de hacerlo, confirmó en su constitución la estructura política de su pasado inglés. Lo hizo bajo la guía de su aristocracia histórica, que en 1787, efectivamente usurpó del Congreso revolucionario existente, el derecho de hacer lo que quisiera en este aspecto. Como los ingleses, los americanos son un pueblo que generalmente sospecha del pensamiento como algo que es una pérdida de tiempo potencialmente peligrosa. Puede observarse en este contexto que los editores de Civiltá aplicaron sus comentarios a los Estados Unidos como lo hicieron al Reino Unido.

Si América hubiera sido nada más que una imagen de espejo de Inglaterra, entonces este desdén por el mundo de las ideas pudiera no haber tenido las consecuencias devastadoras que ha tenido. Pero los Estados Unidos son diferentes de Inglaterra. Tuvieron que lidiar, entre otras cosas, con las migraciones masivas de la historia. Fueron forzados a asimilar el desembarco en sus costas de millones de gentes de variadas nacionalidades, muchas de ellas ignorantes del lenguaje y de las leyes de su nuevo hogar.

El “conservadurismo” americano dio lugar a movimientos que trataron de mantener fuera a estas masas. No tuvieron éxito en sus esfuerzos. La única otra alternativa, dada la tendencia hacia la estabilidad, parecía ser la adopción de una política de “integración” rápida. Si no podía asegurarse la unidad cerrando las fronteras, la armonía podría prevalecer sometiendo a los inmigrantes a un proceso de “americanización”.

¿Cómo se logró esta tarea? De dos maneras. Primero que nada, de manera negativa, enseñando sutilmente a la gente inmigrante lo que no podían hacer en los Estados Unidos. Así, se les enseñaba que las cuestiones controversiales que trastornaban la estabilidad, tales como aquéllas que tocaban a la religión, estaban fuera de lugar en el foro americano. La Constitución ya había iniciado este proceso cuando su conocimiento de la diversidad religiosa la llevó a abandonar el concepto de una Iglesia establecida. En segundo lugar, también se logró de una manera “positiva” descubriendo una meta hacia la cual todos los americanos, independientemente de su forma de vida, podrían aspirar.

Esta meta positiva se halló en una “mentalidad pionera”, materialista, que se manifestaba de formas variadas. Es difícil de exagerar el poder ejercido por la imagen de un continente virgen, listo para ser conquistado, en las mentes de los excitados americanos. Se apelaba a esta imagen en la causa de “integración”. A los americanos leales se les pedía que evitaran discusiones divisivas sobre lo “no esencial”. En vez de eso se les conducía por el camino del pionero hacia la explotación práctica de las riquezas de este país. Fuera en el Este, de una manera figurativa, o en la frontera, de una manera literal, a los americanos se les asignó un propósito nacional común: el alcanzar una forma de vida para ellos mismos y para sus familias, a niveles nunca soñados anteriormente. El trabajo duro y los logros materiales sólidos se tenían por las verdaderas señales del espíritu patriótico. Trabajo duro y logros materiales sólidos, dicho sea de paso, que por sí mismos no trastocaran o exigieran demasiado del prójimo, y de esa manera se volvieran divisivos; trabajo duro y logros materiales, independientemente de su objeto o calidad. Así, en efecto, las preocupaciones potencialmente peligrosas pero sublimes serían sacrificadas en favor de proyectos sin duda pacificadores pero mundanos. El sacrificio habría de hacerse en el altar de la unidad americana, por la armonía que se requería del “hogar”.

Salvo por una excepción importante, América no llevó a cabo esta misión de manera violenta. La excepción fue el ataque a la aristocracia sureña en la Guerra Civil, cuya derrota quitó la única clase que era permanentemente controvertida y que estaba casada con principios distintos de los puramente pragmáticos y materiales. Fuera de eso, no se masacraron grupos étnicos específicos (con excepción de los indígenas), no se prohibieron los idiomas extranjeros, y las religiones serias no fueron perseguidas sobre una base regular de manera oficial. Cualquier esfuerzo de ese tipo se habría visto como algo desestabilizador y divisivo, violando de esa manera el principio básico de “integración”. Además, la “integración” no se llevaba a cabo primariamente por medio del gobierno. En vez de ello, el gobierno americano ayudó al proceso con su propia debilidad, su ausencia de deseo de hacer cumplir doctrinas religiosas o de censurar ideas o comportamientos que fueran abrazados por un número significativo de gente en este país. Un programa del gobierno que lo abarcara todo habría indicado claramente la naturaleza de lo que estaba pasando, incitado a la oposición y, quizás, derrotado el fin último de alcanzar la estabilidad.

Así, los Estados Unidos presentaban una imagen dual de proteger la “libertad” y a la vez lograr la “estabilidad”. Creó la impresión de establecer lo que llegó a conocerse como una sociedad “pluralista”, donde se respetan muchas formas de vida. En verdad, sin embargo, los múltiples órganos de la sociedad anglo-sajona y el espíritu de la cultura anglo-sajona fueron “moderando” e “integrando” esta diversidad hasta su desaparición, lentamente, pacíficamente pero efectivamente. Creó la ilusión de estabilidad, ya que el propósito de la “integración” era asegurar la dominancia de los modos nativos americanos. En verdad, sin embargo, los americanos anglo-sajones mismos fueron presionados hacia una gradual transformación de sus propias tradiciones: Todo lo que amenazara la adopción de nuevos grupos comenzó a ser desalentado y renunciado tanto como las particularidades de los inmigrantes. La unidad tomó precedencia sobre la costumbre, el hábito y hasta lo que se consideraba que era verdad. Buscando integrar, los americanos nacidos en su país estaban también siendo integrados. ¿Integrados a qué? A una sociedad “pluralista” que sólo podía sobrevivir perdiendo partes y pedazos de las ideas de todos sus elementos componentes, y doblegando la plenitud ante la construcción de una cultura gris que sirve al mínimo denominador común de las necesidades humanas materiales. Se inició un proceso que ha acabado por “integrar” a la vida americana a grupos que abrazan perversiones, así como por determinar la manera en que sus necesidades e intereses pudieran ayudar a mejorar el producto interno bruto. Se inició un proceso que ha acabado por glorificar al técnico computacional por encima del santo, a la publicidad de los medios por encima de las cuestiones de sustancia, y a las hamburguesas producidas en masa por encima de las creaciones de los grandes compositores.

Generaciones de observadores europeos, empezando por Alexis de Tocqueville en su Democracia en América, han hecho notar la efectividad con la que la sociedad americana, motivada por su espíritu anglo-sajón, ha reprimido calladamente la emergencia de marcadas diferencias de opinión, y ha canalizado los esfuerzos de su población hacia fines materiales limitados, pacíficos, pero indiscriminadamente vulgares. Sus comentarios han sido apoyados por numerosos escritores americanos que han sentido la obligación de “abandonar” esta sociedad a fin de vivir como seres humanos plenos. Estoy aquí hablando de hombres de derecha, y no de liberales, cuyo “anti-americanismo” es en sí mismo una forma de la misma mentalidad americanista. Viene a la memoria, por ejemplo, la aseveración de T.S. Eliot de que el americano pensante frecuentemente buscaba “perderse” en algún lado alejado de la cultura dominante, en lugares como la Ciudad de Nueva York, a fin de mantener por lo menos la ilusión de supervivencia intelectual y espiritual. Uno puede señalar el ensayo satírico de H.L. Mencken, On Being American (Sobre Ser Americano), en el cual arguye que para un hombre inteligente sólo hay dos razones de permanecer en los Estados Unidos, ya sea como un medio para engañar y ganarse la vida fácilmente, o como una manera de reírse a costa de la vulgaridad que lo rodea. Los escritos de muchos de esos hombres dejan ver un tema amargo común. América ha hecho a los “pensantes”, los “espirituales” y los “comprometidos” aparecer ya sea como “locos” o como “traidores”. No se requiere de una policía secreta para alcanzar este objetivo. La labor se ha hecho de manera gentil y natural, debido al carácter de una “alma” anglo sajona influenciada, salida de control. 

Yo creo que estos críticos han estado correctos en su apreciación. La obsesión americana por evitar la controversia ha acabado por penalizar al hombre serio. Este es un fenómeno lamentable, ya que un ser humano — y un patriota — no es meramente una máquina de prosperidad sino también un pensador, un constructor de cultura y un soñador de sueños. Necesita expresar su respeto, individualmente así como formando parte de una comunidad, a las cosas más elevadas. Como lo dice Isaías, “sin una visión, los pueblos perecen”. Una nación que permite poco o nada de alcance público a tan importantes exigencias de la personalidad humana es ciertamente una “cuna” defectuosa. Sin embargo, el deseo anglo-sajón de estabilidad retiene cierta percepción acerca de la importancia del “hogar”, sus necesidades, y los valores y la armonía en él. Ve que algo que asemeja a una nación es lo suficientemente vital para los hombres como para exigir sacrificios para mantenerlo. Parece admitir el país como una estructura distinta del individuo y de la estructura obvia para su desarrollo. El bagaje que proporciona a sus ciudadanos puede ser defectuoso e inadecuado, pero por lo menos les provee de algo de lo que se pueden afianzar a fin de trabajar por ciertas metas legítimas de la vida. 

Pero America creció bajo una segunda influencia, más destructiva. Se desarrolló bajo la tutela del protestantismo puritano. Este fue un maestro que entendía tan poco de la naturaleza humana, que inevitablemente envenenaba todo lo que tocaba. Aun cuando trataba de llenar el vacío que dejaba el abandono de los objetivos nacionales más elevados, lo hizo aplastando por completo la idea de nación. De esa manera amenazó al americano con la perspectiva de carecer enteramente de un “hogar” que amar.

¿Qué es lo que yace como base del Puritanismo? Un énfasis en la depravación total del hombre luego del pecado original. ¿Cómo puede un hombre salvarse de acuerdo con sus preceptos? Sólo por un acto individual de fe en el deseo de Dios de aceptar a un monstruo intrínsecamente perverso a vivir con Él eternamente. Nada de lo que un hombre pudiera hacer, bueno o malo, según el dogma puritano, puede afectar el resultado final de su trayectoria personal. 

Los resultados de esa perspectiva de vida son múltiples. Una dicotomía entre el Dios todo perfecto y los individuos enteramente perversos no admite espacio alguno para la labor de la sociedad en el plan divino. Todos los hombres son átomos ante su Dios, fundamentalmente solos en su actitud ante Él. Esta “atomización” es, quizás, el subproducto más básico del puritanismo. La presunción de las comunidades y autoridades como la Iglesia, que dicen guiar a los hombres hacia Dios, se volvieron intolerables. Los Papas y obispos, vistos desde esta perspectiva, inevitablemente van a corromper cualesquier funciones que desempeñen en este mundo perverso, y por lo tanto, no pueden ser parte del plan divino. Una “Iglesia”, en tanto una deba existir para desempeñar funciones simbólicas y reuniones de oración, se vuelve entonces meramente el instrumento de una congregación democrática de creyentes atomízados.

Los esfuerzos del hombre por transformar el universo en un “espejo de Dios” se volvieron igualmente inútiles. La música, el arte, la arquitectura, el alimento, el vestido y todo lo demás que trata de profundizar en las bellezas de un cosmos corrupto, se vuelven una abominación. Europa como un conjunto, cuyas ciudades habían florecido bajo auspicios católicos y albergado innumerables variedades del quehacer humano, se vuelve desesperanzadamente decadente. Muchos puritanos sacaron la conclusión de que la única manera en que un cristiano que teme a Dios puede sobrevivir es huyendo tan lejos de Babilonia como le sea posible, al otro lado del mar, a un Mundo Nuevo. Aquí, de manera paradójica, crearía un lugar seguro, una nueva Jerusalén, una Ciudad en el Monte, viviendo fuera y por encima del vano intento de divinizar el Universo.

Los Protestantes puritanos no necesariamente desean cambiar el concepto de “hogar”, “nación” o “patriotismo”. Ellos, también, eran ingleses, y por lo tanto sujetos al mismo conservadurismo que movía el “alma” inglesa. Además, los hábitos católicos inconscientes y la presión ejercida por mil años de vida social católica, con frecuencia les impedía poner en operación toda la fuerza destructiva de sus propias ideas. No obstante, la lógica del protestantismo puritano lo impulsó hacia sorprendentes alteraciones de la idea patriótica en América. Estaba destinada a alcanzar este fin a través de auspiciar la secularización.

La secularización fue apresurada de tres maneras por el puritanismo protestante. Una fue la de haber sostenido doctrinas tan inhumanas que hacían que el hombre se apartara de Dios con horror. Una segunda fue a través de establecer una dicotomía tan rigurosa entre Dios y el hombre como para poner en duda lo racional de toda la misión de Cristo, negar la realidad de la encarnación y alejar lo divino fuera del alcance del hombre. Por último al desdeñar tanto al mundo y ridiculizar la posibilidad de su transformación, como para liberar a la naturaleza enteramente de la dirección de Dios. Aun cuando los puritanos no buscaban ninguna de estas consecuencias, la lógica del puritanismo aseguró que así fuera. Su avance era con frecuencia ocultado al conocimiento público, en parte porque el sentido conservador llevaba a aquéllos que habían perdido la fe, a seguir refiriéndose a “Dios” y usando terminología cristiana al discutir sus ideas no cristianas, y en parte porque esos hombres ya no percibían lo que significaba su propia apostasía.

Un hombre secularizado no puede fácilmente deshacerse de las influencias que lo formaron, El “puritano secular” sigue siendo puritano en su manera de lidiar con el mundo: Esto es obvio en tres aspectos de su actitud, todas las cuales han llegado a sus lógicas consecuencias en nuestros días.

Uno puede comenzar por observar que, aun cuando ya no cree en Dios en un sentido ortodoxo, el puritano secular sigue entendiendo que los hombres son átomos, individuos en cuya vida la sociedad no juega un papel verdadero. Así como se esperaba que un hombre hiciera un acto privado, de fe en Dios, ahora se espera que haga un acto privado, de fe en sus propios objetivos, con independencia de sus congéneres. Así como antes interpretaba las escrituras de manera privada, ahora debe ser auto-suficiente al guiar su propia vida. Y así como a la Iglesia, con su abanico de autoridades, se le veía como un intruso injustificado en la relación del individuo con Dios, ahora a todas las instituciones seculares se les condena desde el mismo punto de vista. El estado, la familia, las tradiciones de autoridad en general, y la organización enemiga preferida en particular, a todas ellas se les considera culpables de una forma de allanamiento de morada. Siendo malos en sí mismos, explican la persistencia de la maldad en este planeta y puede ella sólo ser tolerada si ejerce sus funciones sujetas a la libre aceptación de los individuos, y mediante estructuras democráticas análogas a las de las congregaciones puritanas. El actual asalto de todo aspecto de autoridad, visible particularmente desde los años 1960s está relacionado directamente con esta actitud y no puede entenderse sin ella. El puritanismo secularizado y la autoridad son enemigos mortales.

En segundo lugar, el puritanismo puede todavía notarse en el desagrado que muestran los americanos ante los esfuerzos de transformar al mundo en un “espejo de Dios”. Este desagrado se presenta en dos formas superficialmente contradictorias pero en el fondo relacionadas entre sí. Muchos americanos siguen anatemizando la “alta cultura”. En el momento en que cualquier cosa, desde la arquitectura y la música hasta la cocina y la ropa, se eleva por encima de lo mediocre, la califican como absurda, despilfarro, y afeminada. Otros americanos sienten la necesidad de escaparse de lo insulso que los rodea. No son capaces, sin embargo, de afanarse por cultivar una cultura realmente seria para escapar de ello. Esto los ataría a la tradición grecorromana y católica a un grado tal que, en vez de lograrlo, los ahuyentaría de vuelta a su mediocridad. En sustitución de eso, desarrollan un nuevo tipo de “alta cultura” basada en los delirantes desvaríos individualistas de sus  torturadas mentes puritanas. Luego se sienten culpables de sus creaciones “culturales” y se justifican  haciendo referencia a  profundas  necesidades biológicas y psicológicas. El primero de los secularizados grupos de puritanos idolatra al Big Mac como el culmen del ingenio humano; el segundo, se exalta con una multimillonaria escultura de un mondadientes roto, labrada por un homosexual. En pocas palabras, tanto después de este rompimiento con la fe, como en medio de su pleno fervor, el puritano es incapaz de comprender el principio de restaurar todo en Cristo. Manifiesta su incapacidad en forma de un filistinismo o perversión. Si llega a descubrir el verdadero legado de Occidente, se convierte al catolicismo o juega descuidadamente con él como un adolescente juega caprichosamente con cosas ante las cuales debería mostrar sobrecogimiento.

Por último, el puritano secularizado no puede sacudirse de su convicción de que los Estados Unidos gozan de una protección divina, la Nueva Jerusalén, el lugar apartado por Dios para alojar a aquellos santos que han huido de Babilonia. Aun cuando Dios ya no exista para él como sí existía antes, entiende que algo parecido a Dios guía a los Estados Unidos hacia el establecimiento de la Ciudad Celestial en la tierra. La singularidad divina de los Estados Unidos ahora radica en el hecho de que este país tiene instituciones democráticas, que su aislamiento geográfico sigue separándolos de las decadentes culturas europeas y que su Pluralismo, por lo menos en lo superficial, parece proporcionar espacio para que el individuo atomizado pueda maniobrar. Aun cuando su creencia de que el mal puede ser manejado mediante la aplicación del Estilo Americano de Vida pudiera parecer indicar una ruptura con el pasado puritano, realmente no lo es. Está en la naturaleza de una doctrina tan horrible como el puritanismo, el empujar psicológicamente a alguien, de apoyar un concepto como el de la depravación total, a su exacto opuesto, exactamente como en la naturaleza de un horrible el ejercicio de la autoridad paterna estaría el empujar psicológicamente a un niño a abandonar por completo la enseñanza de sus padres. Y está también en la naturaleza del puritanismo secularizado que ha perdido su visión de Dios y del Cielo, el buscar el paraíso en el campo terrenal, habitado por átomos autónomos semejantes a Dios, que manipulan pseudo-sociedades democráticas del tipo que los Estados Unidos parecen prometer.

Nos  encontramos en el punto crucial del problema. Si America, aun en la mente del puritano secularizado, es la Ciudad Situada en el Monte, parecería eso significar que que el “hogar” es algo que merece ser protegido, pero la “nación”, entendida en un sentido tradicional, debería en sí misma ser un obstáculo para esa mentalidad. Es un lastre porque ella, también, exige el respeto a la autoridad, sea en la forma de instituciones o de costumbres y tradiciones. El verdadero patriota, por el bien del país, debe ponerle freno a su autosuficiencia y a su libertad atomizada. Está obligado a reconocer su incapacidad de proveer para sí mismo y para su familia, para comunicarse de manera sensata con una comunidad más extensa y para florecer como personalidad fuera de su cuna. Él debe aceptar que la sociedad es buena o, más bien, que las sociedades de todo tipo son buenas, pues nadie puede amar a su país y odiar las cosas que lo hacen grande. Nadie puede amar a Francia, reconociendo que la nación francesa le da un idioma, gente que entiende su forma de vida, tierra de la cual nutrirse, y un lugar donde recostar su cabeza, sin por lo menos respetar aquellas fuerzas que contribuyeron a crearla: la Iglesia Romana, las universidades, las instituciones comunales de la ciudad de París y mil otras entidades más. El verdadero patriota debe, en último análisis, estar preparado para dar su vida en la defensa de su propio cuerpo.

Pero si un puritanismo secularizado ha de triunfar, el patriota, el patriotismo, y todo el bagaje que acompaña la idea de nación debe desaparecer. El “hogar” exige demasiado, es demasiado autoritario,  demasiado reminiscente del vano esfuerzo de la Iglesia por ponerse en medio entre Dios y el individuo. Sin embargo ¿cómo podría uno tener amor por América sin dejarlo que se torne en un amor a la patria en su sentido inaceptable?

El dilema puede resolverse solamente dando una nueva definición de patriotismo en el Nuevo Mundo, una que tome en serio el puritanismo y sus preocupaciones. Un patriotismo que exija sacrificios por el bien de la cuna, y por lo tanto, ponga imposiciones sobre el individuo, es visto como algo malo. Pero un patriotismo que redefina el amor a la patria y lo convierte en una devoción hacia una serie de principios anti-autoritarios es otra cosa enteramente. Un patriotismo que recuerde al hombre que depende de su ciudad, de su lengua, y de sus conciudadanos — difuntos al igual que vivos — es considerado tan vergonzoso como despótico por el puritano. Pero un “patriotismo” que eliminara estas imágenes podría hacer una magnífica contribución para la liberación de la raza humana.

¿Cómo podría desarrollarse tal patriotismo? Transformando el prudente e ilusorio fenómeno del pluralismo en una Fe Pluralista invulnerable; insistiendo en que el nutrir la diversidad como tal es el único propósito del gobierno; elogiando a las instituciones Americanas por trabajar hacia este fin, a pesar de que históricamente, ese objetivo no haya jugado papel alguno en el programa conservador anglo-sajón, y luego explicando que Dios o cualquier otra fuerza que el hombre secularizado pudiera descubrir que opera en el universo, había establecido a los Estados Unidos y dádoles su constitución y su riqueza para propagar el individualismo atomizado. Y, por último, indicando que también el patriotismo representa el servicio a esta causa. El patriotismo ya no significa la protección de las instituciones americanas en el sentido de que sean los legítimos cuerpos con autoridad que gobiernan a los hombres en este país, sino en el de proteger a las instituciones americanas en tanto ellas ayuden a aplastar el mismo principio de autoridad, El patriotismo ya no significa protección de las fronteras americanas en y por sí mismas, sino solamente en tanto son las fronteras de la Nueva Jerusalén establecida para destruir comunidad y tradición. De hecho, vistas a esta luz, todo mundo debería — y por cierto, tiene la obligación — de establecer instituciones americanas y el “Estilo de Vida Americano”. Pero, si por alguna terrible apostasía, la Ciudad Situada en el Monte fuere a traicionar su misión, entonces todo mundo estaría  obligado a dedicarse a la humillación de América, sea que viva en Moscú, Atenas o Washington, D.C. Cierto, entonces patriotismo significaría una dedicación a cualquier otro país que adoptara la causa de la Doctrina Pluralista. En esta segunda situación, por largo tiempo inconcebible, el “patriota” debería necesariamente cometer lo que los hombres, durante el largo curso de la historia humana siempre han llamado con toda corrección traición. Y en lo que sea que hagan para promover esta forma de “patriotismo”, veremos que no aseguran la libertad sino más bien, el reinado de la fuerza bruta, el triunfo de la voluntad.

Dos conceptos cruciales para entender este análisis se han perdido para el mundo occidental en el curso del último siglo. El primero es la idea de que hay una estructura de importancia incalculable en la formación del individuo, la cual podemos llamar la “nación”, y segundo, el reconocimiento de que cada nación específica se guía por una especie de “alma”. Mi argumento es que la “nación” americana tiene un “alma” torturada y que esta alma torturada ha militado contra la construcción en los Estados Unidos del tipo de nación que el individuo verdaderamente necesita. El resultado de esta desafortunada situación ha sido un conflicto irreprimible con la religión católica.

(Continuará)
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