domingo, 3 de abril de 2016

Un Enjuiciamiento Histórico. 3

Un Enjuiciamiento Histórico

Reseña del libro La Profezia Finale, de Antonio Socci


(última de tres partes)

por Christopher A. Ferrara

Tomado de : http://www.cfnews.org/page10/page104/socci_indictment_of_francis.html
Traducido del inglés por Roberto Hope


El asunto de los Franciscanos de la Inmaculada

Socci luego trata del caso de la brutal persecución contra los Frailes Franciscanos de la Inmaculada (FFI), desmembrados y destruidos por el 'comisionado apostólico' nombrado personalmente por Francisco, sin que jamás se les diera una razón concreta a las víctimas. Aquí Socci recuerda las pasmosas observaciones hechas por Francisco durante una reunión con algunos de los miembros de la ya destrozada FFI, en la cual admite que él aprobó la destrucción de la FFI, pero, a la vez, que la FFI ha sufrido persecución por 'el demonio', por razón de su devoción a María! ¿A qué demonio se estaría refiriendo Francisco? Socci se queja de que:

“su verdadero 'crimen' (de los FFI) es el de ser auténticos cristianos, fervientes en la Fe, aquéllos a quienes Usted describe como 'fundamentalistas' y que en realidad sólo están viviendo el Evangelio auténtico. Querido Padre, dé marcha atrás a una decisión por la cual algún día Dios habrá de pedirle cuentas... Usted tiene a muchos que lo adulan, pero pocos entre sus aficionados rezan por Usted, de seguro muy pocos ruegan por Usted tanto como los Frailes Franciscanos de la Inmaculada”

Una Amorío con los Luteranos

Luego de observar que Francisco no muestra preocupación alguna por los enemigos internos de la Iglesia, quienes, como lo advirtió San Pío X, se afanan en minar los fundamentos de la fe, Socci elabora cómo, por el contrario, Francisco parece tener poca consideración a las diferencias doctrinales entre el catolicismo y las varias formas de protestantismo.

Bajo el encabezado 'En Casa de Lutero', Socci recuerda la escandalosa aparición de Francisco en una iglesia luterana en Roma para participar en un servicio dominical, durante el cual divagó como diez minutos para contestar una pregunta de una mujer, sobre por qué un luterano no puede recibir la Sagrada Comunión. En ese proceso, caracterizó el dogma católico de la transubstanciación como una mera 'interpretación' que difiere de la perspectiiva luterana; al final, más bien evasivamente, acabó sugiriéndole a la mujer que “hable con el Señor” acerca de si debe recibir la comunión de un sacerdote católico ― un acto sacrílego. “No me atrevo a decir más” dijo Francisco habiendo ya dicho más de lo necesario.

Recalcando el odio venenoso de Lutero hacia la misa, Socci le pregunta a Francisco: “¿cómo es posible no perturbarse?” (p.193). “El diálogo con los luteranos,” escribe Socci, debe entrañar “claridad recíproca, no arrojar a los espinos el núcleo de la Fe Católica.” (p. 194). Aquí Socci cita lo que quizás sea el comentario más atroz que Francisco haya hecho jamás. En esa ocasión Francisco les dijo a los luteranos:

“La elección final será definitiva ¿Y qué será la pregunta que el Señor nos haga ese día: ¿Fuiste a Misa? ¿Tuviste una buena catequesis? No, las preguntas serán acerca de los pobres, porque la pobreza está al centro del Evangelio”

Socci le recuerda a Francisco lo que un niño bien formado entendería: el valor infinito de la Eucaristía, la adoración Eucarística y su recepción digna, en comparación aun con una montaña de buenas obras para los pobres.

“Pero en vez de ello Usted, Padre Bergoglio, parece afirmar que lo que cuenta son los méritos humanitarios que logremos mediante nuestro activismo, mediante nuestro 'servicio' a los pobres. Esto parecería ser una idea pelagiana. Pero ― repito ― lo más asombroso es que Usted contraponga [una falsa antítesis más] el ´servir a los pobres' con la misa, lo cual la reduce a algo superfluo (junto con la catequesis)”. (p. 197)

Citando el famso dicho del Padre Pío de que “Sería mejor quedarse sin el sol que sin la Santa Misa”, Socci confronta a Francsco con "las implicaciones de sus propias palabras y hechos durante los últimos tres años, incluyendo su curioso rechazo a hincarse ante el Santísimo Sacramento”

“Permítame sincerarme con Usted, Padre Bergoglio, de que de la totalidad de sus palabras y expresiones, le da a uno la impresión de que Usted tiene algún problema con la Sagrada Eucaristía, y de que usted realmente no alcanza a comprender su valor ni su realidad."

“Hay tantos datos y hechos que hacen surgir esta duda. La más evidente es su decisión de no hincarse ante el Sacramento durante la Consagración de la Misa, ni enfrente del sagrario, ni durante la adoración Eucarística (además, no participa en la procesión de Corpus Christi, en la cual sus predecesores, hincándose, siempre participaban)” (p. 200)

Y sin embargo, observa Socci, Francisco no tuvo problema para arrodillarse cuando, como Arzobispo de Buenos Aires, se hincó para recibir “la imposición de manos en la convención de los pentecostales en el Estadio Luna Park... Basta con decir que su intermitente dolor de rodillas, que parece presentarse sólo ante el Sacratísimo Sacramento, más allá de parecer un tanto bizarro, no parecería ser una explicación razonable.” (p201)

¿Un Joachimista Inconsciente?

Esta extraña actitud hacia la Sagrada Eucaristía lleva a Socci a plantear este reto a Francisco en relación con su aparente afecto por el Protestantismo:

“Tiene uno la impresón de que detrás de su apertura particular al mundo protestante y detrás de su hostilidad hacia la estructura de la Iglesia ― o sea a la iglesia visible y su doctrina, que superarían si escucharan al Espíritu Santo ― titilea un tipo de 'Iglesia del espíritu', anhelada en ciertas afirmaciones que hizo en la reunión con los pentecostalistas en Caserta en julio de 2014...Como si la Iglesia Católica, con su estructura doctrinal y su jerarquía, fuera de alguna manera a desbancarse a sí misma en forma semejante a como la Antigua Alianza dio paso a la Nueva Alianza (y aquél que postergue defender la doctrina será ... como los antiguos escribas y fariseos)” (pp. 204-205).

Aquí Socci lanza la apabullante acusación de que Francisco exhibe un “tipo de Joachimismo mitigado inconsciente” ― en referencia a Joachim de Fiore, el alucinado 'visionario' del Siglo XII que imaginó una venidera nueva era del Espíritu Santo que desplazaría aun el Nuevo Testamento.

¿Un nuevo Honorio?

El enjuiciamiento que hace Socci alcanza su clímax con la insinuación de que Francisco, siendo un Papa que promueve sus propias ideas, “puede seguir el camino de otro Papa que hizo lo mismo: Honorio (que reinó de 625 a 628) quien fue anatematizado de manera póstuma por un concilio ecuménico ― sentencia confirmada por su propio sucesor, León II ― por colaborar y auxiliar en la propagación de la herejía 'monotelita´" (que niega la voluntad humana de Cristo.) Soccí lanza contra Francisco la misma condenación que León II lanzó contra Honorio: “Aquéllos que incitaron a contender contra la pureza de la tradición apostólica, a su muerte ciertamente recibieron condenación eterna, [incluyendo] a Honorio quienes, en vez de sofocar la llama de la herejía, como corresponde a su autoridad apostólica, la avivaron con su negligencia.”

Haciendo Honores a Dictadores

Socci se acerca al final del enjuiciamiento con una caldeada crónica de la visita de Francisco a Cuba, en la cual nada dijo acerca de la tiranía bajo la cual sufre el pueblo, en tanto que condenó al 'Dios dinero' de los países capitalistas. A diferencia de Juan Pablo II y Benedicto XVI, quienes exigieron la liberación de presos y se reunieron con Fidel Castro en terreno neutral (Juan Pablo) o lo recibieron en la nunciatura apostólica de la Habana (Benedicto), Francisco no puso exigencias al régimen de Castro, sea al de Fidel o al de su hermano Raúl, y condujo un verdadero peregrinaje a la casa de Fidel, donde el sanguinario dictador recibió al papa en audiencia.

Socci expresa un desagrado enteramente apropiado por la aceptación de un regalo de Raúl, de un crucifijo supuestamente labrado de la madera de remos de botes de 'refugiados' del Mediterráneo ― en donde no participan botes de remo. Sin embargo, Francisco desdeñó los 100,000 refugiados que se han ahogado tratando de huir del estado-prisión comunista de los hermanos Castro. Socci concluye: “Éstos son los tiranos a quienes Usted ha rendido honores y quienes le han dado a usted el regalo de sus ´migrantes´'. (p. 214)

La Falacia de “Fronteras Abiertas”

El enjuiciamiento prosigue con el encabezado 'Murallas', bajo el cual Socci desmantela la insistencia demagógica de Francisco en “una apertura indiscriminada de fronteras que desestabilizaría pueblos, estados y sistemas.”

Socci señala que no sólo Santo Tomás sino la Biblia misma defienden el uso de 'murallas' para proteger la integridad de las naciones y los pueblos contra la invasión de influencias malignas ― los propios muros del Vaticano son un ejemplo de esto ― y que la frontera nacional moderna no es un 'muro' que deba denunciarse como no cristiano.

Socci le pregunta a Francisco: “¿Es posible que Usted no perciba un fenómeno tan macroscópico como el fracaso de la asimilación? ¿Y puede Usted no ver el insolucionado problema que el Islam tiene con la violencia, como lo explicó Benedicto XVI en Regensburg?” (p. 217)

La Recapitulación

El enjuiciamiento termina con el encabezado 'Los Pobres', en el cual Socci, hijo de un minero, lamenta de 'inaceptable' la constante insistencia sobre los pobres, porque lo hace de una manera ideológica, demagógica y sociológica. Pero la Iglesia no sueña con instrumentalizar a los pobres, haciendo de ellos una categoría ideológico-teológica como la teología de la liberación argentina de la cual emerge...”

Resumiendo su enjuiciamiento entero, Socci dice: “La primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo.. Éste es el problema, Santo Padre. Es necesario anunciar a los hombres al único que puede salvarlos, porque esto es lo que verdaderamente cuenta, como incansablemente lo predica Jesús: 'De qué le sirve al hombre ganar el mundo si al final pierde su alma?'...”

"De manera que debe Usted dar reversa a toda la orientación de su papado: Así, en lugar de ocuparse de separar la basura, defienda Usted la sana doctrina Católica contra los ataques del mundo y el modernismo; en vez de sonar la alarma obsesivamente sobre el clima, aperciba a la humanidad sobre la amenaza que pende, de una condenación eterna; en vez de una encíclica sobre la suerte de los gusanos y pequeños reptiles, escriba una sobre los cristianos que son perseguidos y del odio del mundo a nuestro Salvador...”

“Como lo dijo Vittorio Messori al entonces Cardenal Ratzinger: 'Sin una visión del misterio de la Iglesia que sea también sobrenatural y no sólo sociológica, la misma cristología pierde su referencia a Dios: una estructura puramente humana acaba correspondiendo a un proyecto humano. El Evangelio se convierte en el Proyecto Jesús, el proyecto de liberación social u otros proyectos históricos... que lucen religiosos sólo en apariencia, pero ateos en sustancia...” (p.224).

Las palabras finales de este documento verdaderamente histórico son el llamado personal a Francisco a que cambie de rumbo antes de que sea demasiado tarde. “No tenga miedo de desilusionar al mundo, que hasta ahora le ha aplaudido entusiastamente... El único temor que hay que tener es el de decepcionar a Dios...”

“Querido Papa Francisco: sea Usted uno de nuestros pastores verdaderos en el camino hacia Cristo, con el Papa Benedicto que le asista con oración y consejo; auxilie también a la Iglesia, desconcertada y confundida, a que recobre el camino hacia su Salvador y de esa manera vuelva a encender la luz que permita a la humanidad no perderse en el abismo de la violencia. Que todos los santos en el cielo oren por esto...”

Francisco le Unta Mantequilla.

Poco después de la publicación de La Profezia Finale, Socci recibió una carta manuscrita de nada menos que el propio Francisco. Dirigida a “Querido hermano”, la carta no era diferente de la llamada telefónica que Francisco había hecho a Mario Palmaro, el fallecido coautor de otra mordaz crítica del pontificado. intitulada 'No nos Gusta este Papa'. La médula de la carta y de la llamada telefónica fue la misma: “Aprecio su crítica de mi persona.”

Puede perdonársele a uno por pensar que un politico eclesial tan sagaz como Francisco pudiera haber tenido en mente recurrir a un poco de adulación a sus críticos más efectivos y más ampliamente leídos. Pero la carta a Socci (así como la llamada telefónica a Palmaro) acaba con toda insinuación de que los 'tradicionalistas' ofenden la fe cuando publican una fuerte crítica de este Papa. El propio Francisco zanja esa discusión.

En todo caso, Socci, no sin conmoverse por esta atención personal del Supremo Pontífice, no ha dado un solo paso atrás en su enjuiciamiento. Su columna más reciente (a la fecha en que escribo esto) lamenta el enorme daño que la 'nueva Iglesia' de Bergoglio está causando “a la Iglesia de todos los tiempos,” que amenaza ser “más devastadora que Lutero.”

Para terminar, debe uno preguntarse: ¿dónde están los prelados que, viendo sin duda lo que Socci ve, se atrevan a unirse a él ― y a los laicos preocupados de todo el mundo ― para oponerse a la vertiginosa ola de 'Bergoglianismo', un fenómeno como ningún otro que jamás se haya visto anteriormente en los anales del papado.

Lea o no lea usted italiano, adquiera este libro. Sera usted dueño de un pedazo de historia. Y que Dios bendiga y proteja a su valiente autor.